jueves, junio 04, 2009

Anibal Quijano: COLONIALIDAD DEL PODER Y CLASIFICACION SOCIAL

Anibal Quijano

Introducción

La colonialidad es uno de los elementos constitutivos y específicos del patrón mundial de poder capitalista. Se funda en la imposición de una clasificación racial/étnica de la población del mundo como piedra angular de dicho patrón de poder y opera en cada uno de los planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia social cotidiana y a escala societal.1 

Se origina y mundializa a partir de América. Con la constitución de América (Latina),2 en el mismo momento y en el mismo movimiento históricos, el emergente poder capitalista se hace mundial, sus centros hegemónicos se localizan en las zonas situadas sobre el Atlántico—que después se identificarán como Europa—y como ejes centrales de su nuevo patrón de dominación se establecen también la colonialidad y la modernidad. En breve, con América (Latina) el capitalismo se hace mundial, eurocentrado y la colonialidad y la modernidad se instalan asociadas como los ejes constitutivos de su específico patrón de poder,3 hasta hoy.En el curso del despliegue de esas características del poder actual, se fueron confi gurando las nuevas identidades societales de la colonialidad, indios, negros, aceitunados, amarillos, blancos, mestizos y las geoculturales del colonialismo, como América, Africa, Lejano Oriente, Cercano Oriente (ambas últimas Asia, más tarde), Occidente o Europa (Europa Occidental después). Y las relaciones intersubjetivas correspondientes, en las cuales se fueron fundiendo las experiencias del colonialismo y de la colonialidad con las necesi dades del capitalismo, se fueron confi gurando como un nuevo universo de relaciones intersubjetivas de dominación bajo hegemonía eurocentrada. Ese específico universo es el que será después denominado como la modernidad. Desde el siglo XVII, en los principales centros hegemónicos de ese patrón mundial de poder, en esa centuria no por acaso Holanda (Descartes, Spinoza) e Inglaterra (Locke, Newton), desde ese universo intersubjetivo fue elaborado y formalizado un modo de producir conocimiento que daba cuenta de las necesidades cognitivas del capitalismo: la medición, la cuantificación, la externalización (u objetivación) de lo cognoscible respecto del conocedor, para el control de las relaciones de las gentes con la naturaleza y entre aquellas respecto de ésta, en especial la propiedad de los recursos de producción. Dentro de esa misma orientación fueron también, ya formalmente, naturalizadas las experiencias, identidades y relaciones históricas de la colonialidad y de la distribución geocultural del poder capitalista mundial.Ese modo de conocimiento fue, por su carácter y por su origen, eurocéntrico. Denominado racional, fue impuesto y admitido en el conjunto del mundo capitalista como la única racionalidad válida y como emblema de la modernidad. 

Las líneas matrices de esa perspectiva cognitiva se han mantenido, no obstante los cambios de sus contenidos específi cos y las críticas y los debates, a lo largo de la duración del poder mundial del capitalismo colonial y moderno. Esa es la modernidad/racionalidad que ahora está, fi nalmente, en crisis.4 El eurocentrismo, por lo tanto, no es la perspectiva cognitiva de los europeos exclusivamente, o sólo de los dominantes del capitalismo mundial, sino del conjunto de los educados bajo su hegemonía. Y aunque implica un componente etnocéntrico, éste no lo explica, ni es su fuente principal de sentido. Se trata de la perspectiva cognitiva producida en el largo tiempo del conjunto del mundo eurocentrado del capitalismo colonial/moderno y que naturaliza la experiencia de las gentes en este patrón de poder. Esto es, las hace percibir como naturales, en consecuencia como dados, no susceptibles de ser cuestionados.

Desde el siglo XVIII, sobre todo con el Iluminismo, en el eurocentrismo se fue afi rmando la mitológica idea de que Europa5 era pre-existente a ese patrón de poder, que ya era antes un centro mundial del capitalismo que colonizó al resto del mundo y elaboró por su cuenta y desde dentro la modernidad y la racionalidad. Y que en esa calidad Europa y los europeos eran el momento y el nivel más avanzados en el camino lineal, unidireccional y continuo de la especie. Se consolidó así, junto con esa idea, otro de los núcleos principales de la colonialidad/modernidad eurocéntrica: una concepción de humanidad según la cual la población del mundo se diferenciaba en inferiores y superiores, irracionales y racionales, primitivos y civilizados, tradicionales y modernos.Más tarde, en especial desde mediados del siglo XIX y a pesar del continuado despliegue de la mundialización del capitalismo, fue saliendo de la perspectiva hegemónica la percepción de la totalidad mundial del poder capitalista, y del tiempo largo de su reproducción, cambio y crisis. El lugar del capitalismo mundial fue ocupado por el estado-nación y las relaciones entre estados-nación, no sólo como unidad de análisis sino como el único enfoque válido de conocimiento sobre el capitalismo. No sólo en el liberalismo sino también en el llamado materialismo histórico, la más difundida y la más eurocéntrica de las vertientes derivadas de la heterogénea herencia de Marx.

La revuelta intelectual contra esa perspectiva y contra ese modo eurocentrista de producir conocimiento nunca estuvo exactamente ausente, en particular en América Latina.6 Pero no levanta vuelo realmente sino después de la Segunda Guerra Mundial, comenzando por supuesto en las áreas dominadas y dependientes del mundo capitalista. Cuando se trata del poder, es siempre desde los márgenes que suele ser vista más, y más temprano, porque entra en cuestión, la totalidad del campo de relaciones y de sentidos que constituye tal poder.

Desde América Latina, sin duda la más infl uyente de las tentativas de mostrar de nuevo la mundialidad del capitalismo, fue la propuesta de Raúl Prebisch y sus asociados de pensar el capitalismo como un sistema mundial diferenciado en “centro”y “periferia.” Fue retomada y reelaborada en la obra de Immanuel Wallerstein, cuya propuesta teórica del “moderno sistemamundo,” desde una perspectiva donde confl uyen la visión marxiana del capitalismo como un sistema mundial y la braudeliana sobre la larga duración histórica, ha reabierto y renovado de modo decisivo el debate sobre la reconstitución de una perspectiva global, en la investigación científi co-social del último cuarto del siglo XX.7.

En ese nuevo contexto están hoy activos otros componentes del debate latinoamericano que apuntan hacia una nueva idea de totalidad histórico-social, núcleo de una racionalidad no-eurocéntrica. Principalmente, las propuestas sobre la colonialidad del poder y sobre la heterogeneidad histórico-estructural de todos los mundos de existencia social.

LA CUESTIÓN DEL PODER EN EL EUROCENTRISMO

Tal como lo conocemos históricamente, a escala societal el poder es un espacio y una malla de relaciones sociales de explotación/dominación/ conflicto articuladas, básicamente, en función y en torno de la disputa por el control de los siguientes ámbitos de existencia social: (1) el trabajo y sus productos; (2) en dependencia del anterior, la “naturaleza” y sus recursos de producción; (3) el sexo, sus productos y la reproducción de la especie; (4) la subjetividad y sus productos, materiales e intersubjetivos, incluído el conocimiento; (5) la autoridad y sus instrumentos, de coerción en particular, para asegurar la reproducción de ese patrón de relaciones sociales y regular sus cambios.8

En las dos últimas centurias, sin embargo, y hasta la irrupción de las cuestiones de subjetividad y de género en el debate, la mirada eurocéntrica no ha podido percibir todos esos ámbitos en la confi guración del poder, porque ha sido dominada por la confrontación entre dos principales vertientes de ideas: una hegemónica, el liberalismo, y otra subalterna, aunque de intención contestataria, el materialismo histórico.

El liberalismo no tiene una perspectiva unívoca sobre el poder. Su más antigua variante (Hobbes) sostiene que es la autoridad, acordada por individuos hasta entonces dispersos, lo que ubica los componentes de la existencia social en un orden adecuado a las necesidades de la vida individual. Aunque de nuevo actual, como sustento del neoliberalismo, durante gran parte del siglo XX cedió terreno a la predominancia de las propuestas del estructuralismo, del estructural-funcionalismo y del funcionalismo, cuyo elemento común respecto del problema es que la sociedad se ordena en torno de un limitado conjunto de patrones históricamente invariantes, por lo cual los componentes de una sociedad guardan entre sí relaciones continuas y consistentes en razón de sus respectivas funciones y éstas, a su vez, son inherentes al carácter de cada elemento. Con todas esas variantes hoy coexisten y se combinan de muchos modos, el viejo empirismo y el nuevo postmodernismo para los cuales no hay tal cosa como una estructura global de relaciones sociales, una sociedad, en tanto que una totalidad determinada y distinguible de otras. De esa manera, se dan la mano con la antigua propuesta hobbesiana.

Para el materialismo histórico, la más eurocéntrica de las versiones de la heterogénea herencia de Marx, las estructuras societales se constituyen sobre la base de las relaciones que se establecen para el control del trabajo y de sus productos. Tales relaciones se denominan relaciones de producción.Pero a diferencia de las variantes del liberalismo, no sólo afi rma la primacía de uno de los ámbitos—el trabajo y las relaciones de producción—sobre los demás, sino también y con idéntica insistencia, que el orden confi gurado corresponde a una cadena de determinaciones que proviene del ámbito primado y atraviesa al conjunto. Desde ese punto de vista, el control del trabajo es la base sobre la cual se articulan las relaciones de poder y, a la vez, el determinante del conjunto y de cada una de ellas.A pesar de sus muchas y muy marcadas diferencias, en todas esas vertientes se puede discernir un conjunto de supuestos y de problemas comunes que indican su común linaje eurocéntrico. Aquí es pertinente poner de relieve, principalmente, dos cuestiones. En primer término, todas presuponen una estructura confi gurada por elementos históricamente homogéneos, no obstante la diversidad de formas y caracteres, que guardan entre sí relaciones continuas y consistentes—sea por sus “funciones,” sea por sus cadenas de determinaciones—lineales y unidireccionales, en el tiempo y en el espacio.Toda estructura societal es, en esa perspectiva, orgánica o sistémica, mecánica. Y esa es, exactamente, la opción preferencial del eurocentrismo en la producción del conocimiento histórico. En esa opción algo llamable “sociedad,” en tanto que una articulación de mútiples existencias sociales en una única estructura, o no es posible y no tiene lugar en la realidad, como en el viejo empirismo y en el nuevo postmodernismo, o si existe sólo puede ser de modo sistémico u orgánico.

En segundo lugar, en todas esas vertientes subyace la idea de que de algún modo las relaciones entre los componentes de una estructura societal son dadas, ahistóricas, eso es, son el producto de la actuación de algún agente anterior a la historia de las relaciones entre las gentes. Si, como en Hobbes, se hace intervenir acciones y decisiones humanas en el origen de la autoridad y del orden, no se trata en rigor de ninguna historia, o siquiera de un mito histórico, sino de un mito metafísico: postula un estado de naturaleza, con individuos humanos que entre sí no guardan relaciones distintas que la continua violencia, es decir que no tienen entre sí genuinas relaciones sociales. Si en Marx se hace también intervenir acciones humanas en el origen de las “relaciones de producción,” para el materialismo histórico eso ocurre por fuera de toda subjetividad. Esto es, también metafísica y no históricamente. No de modo distinto, en el funcionalismo, en el estructuralismo y en el estructural funcionalismo, las gentes están sometidas ab initio al imperio de ciertos patrones de conducta históricamente invariantes.

La perspectiva eurocéntrica, en cualquiera de sus variantes, implica pues un postulado históricamente imposible: que las relaciones entre los elementos de un patrón histórico de poder tienen ya determinadas sus relaciones antes de toda historia. Esto es, como si fueran relaciones defi nidas previamente en un reino óntico, ahistórico o transhistórico.
La modernidad eurocéntrica no parece haber terminado con el ejercicio de secularizar la idea de un dios providencial. De otro modo, concebir la existencia social de gentes concretas como confi gurada ab initio y por elementos históricamente homogéneos y consistentes, destinados indefi nidamente a guardar entre sí relaciones continuas, lineales y unidireccionales, sería innecesaria y en fi n de cuentas impensable.

LA HETEROGENEIDAD HISTÓRICO-ESTRUCTURAL DEL PODER

Semejante perspectiva de conocimiento difícilmente podría dar cuenta de la experiencia histórica. En primer término, no se conoce patrón alguno de poder en el cual sus componentes se relacionen de ese modo y en especial en el largo tiempo. Lejos de eso, se trata siempre de una articulación estructural entre elementos históricamente heterogéneos. Es decir, que provienen de historias específi cas y de espacios-tiempos distintos y distantes entre sí, que de ese modo tienen formas y caracteres no sólo diferentes, sino discontinuos, incoherentes y aún confl ictivos entre sí, en cada momento y en el largo tiempo. De ello son una demostración histórica efi ciente, mejor quizás que ninguna otra experiencia, precisamente la constitución y el desenvolvimiento históricos de América y del Capitalismo Mundial, Colonial y Moderno.
En cada uno de los principales ámbitos de la existencia social cuyo control disputan las gentes, y de cuyas victorias y derrotas se forman las relaciones de explotación/dominación/confl icto que constituyen el poder, los elementos componentes son siempre históricamente heterogéneos. Así, en el capitalismo mundial el trabajo existe actualmente, como hace 500 años, en todas y cada una de sus formas históricamente conocidas (salario, esclavitud, servidumbre, pequeña producción mercantil, reciprocidad), pero todas ellas al servicio del capital y articulándose en torno de su forma salarial. Pero del mismo modo, en cualquiera de los otros ámbitos, la autoridad, el sexo, la subjetividad, están presentes todas las formas históricamente conocidas, bajo la primacía general de sus formas llamadas modernas: el “estado-nación”, “la familia burguesa,” la “racionalidad moderna.” Lo que es realmente notable de toda estructura societal es que elementos, experiencias, productos, históricamente discontinuos, distintos, distantes y heterogéneos puedan articularse juntos, no obstante sus incongruencias y sus confl ictos, en la trama común que los urde en una estructura conjunta. La pregunta pertinente indaga acerca de lo que produce, permite o determina semejante campo de relaciones y le otorga el carácter y el comportamiento de una totalidad histórica específi ca y determinada. Y como la experiencia de América y del actual mundo capitalista muestra, en cada caso lo que en primera instancia genera las condiciones para esa articulación es la capacidad que un grupo logra obtener o encontrar, para imponerse sobre los demás y articular bajo su control, en una nueva estructura societal, sus heterogéneas historias. Es siempre una historia de necesidades, pero igualmente de intenciones, de deseos, de conocimientos o ignorancias, de opciones y preferencias, de decisiones certeras o erróneas, de victorias y derrotas. De ningún modo, en consecuencia, de la acción de factores extrahistóricos.

Las posibilidades de acción de las gentes no son infinitas, o siquiera muy numerosas y diversas. Los recursos que disputan no son abundantes. Más signifi cativo aún es el hecho de que las acciones u omisiones humanas no pueden desprenderse de lo que está ya previamente hecho y existe como condicionante de las acciones, externamente o no de la subjetividad, del conocimiento y/o de los deseos y de las intenciones. Por ello, las opciones, queridas o no, conscientes o no, para todos o para algunos, no pueden ser decididas, ni actuadas en un vacuum histórico. De allí no se deriva, sin embargo, no necesariamente en todo caso, que las opciones estén inscritas ya en una determinación extrahistórica, suprahistórica o transhistórica, como wgen el Destino de la tragedia griega clásica. No son, en suma, inevitables. ¿O lo era el que Colón tropezara con lo que llamó La Hispaniola en lugar de con lo que llamamos Nueva York? Las condiciones técnicas de esa aventura permitían lo mismo el uno que el otro resultado, o el fracaso de ambos. Piénsese en todas las implicaciones fundamentales, no banales, de tal cuestión, para la historia del mundo capitalista. Sobre el problema de la colonialidad del poder, en primer término.
La capacidad y la fuerza que le sirve a un grupo para imponerse a otros, no es sin embargo sufi ciente para articular heterogéneas historias en un orden estructural duradero. Ellas ciertamente producen la autoridad, en tanto que capacidad de coerción. La fuerza y la coerción, o, en la mirada liberal, el consenso, no pueden sin embargo producir, ni reproducir duraderamente el orden estructural de una sociedad, es decir las relaciones entre los componentes de cada uno de los ámbitos de la existencia social, ni las relaciones entre los ámbitos mismos. Ni, en especial, producir el sentido del movimiento y del desenvolvimiento históricos de la estructura societal en su conjunto. Lo único que puede hacer la autoridad es obligar, o persuadir, a las gentes a someterse a esas relaciones y a ese sentido general del movimiento de la sociedad que les habita. De ese modo contribuye al sostenimiento, a la reproducción de esas relaciones y al control de sus crisis y de sus cambios.

Si desde Hobbes el liberalismo insiste, sin embargo, en que la autoridad decide el orden societal, el orden estructural de las relaciones de poder, es porque también insiste en que todos los otros ámbitos de existencia social articulados en esa estructura son naturales. Pero si no se admite ese imposible carácter no-histórico de la existencia social, debe buscarse en otra instancia histórica la explicación de que la existencia social consista en ámbitos o campos de relaciones sociales específi cas y que tales campos tiendan a articularse en un campo conjunto de relaciones, cuya confi guración estructural y su reproducción o remoción en el tiempo se reconoce con el concepto de sociedad. ¿Dónde encontrar esa instancia?.

Ya quedó señalada la dificultad de las propuestas estructuralistas y funcionalistas, no sólo para dar cuenta de la heterogeneidad histórica de las estructuras societales, sino también por implicar relaciones necesariamente consistentes entre sus componentes. Queda en consecuencia la propuesta marxiana (una de las fuentes del materialismo hsitórico) sobre el trabajo como ámbito primado de toda sociedad y del control del trabajo como el primado en todo poder societal. Dos son los problemas que levanta esta propuesta y que requieren ser discutidas.

En primer lugar, es cierto que la experiencia del poder capitalista mundial, eurocentrado y colonial/moderno, muestra que es el control del trabajo el factor primado en este patrón de poder: éste es, en primer término, capitalista. En consecuencia el control del trabajo por el capital es la condición central del poder capitalista. Pero en Marx se implica, de una parte, la homogeneidad histórica de éste y de los demás factores, y de otra parte, que el trabajodetermina, todo el tiempo y de modo permanente, el carácter, el lugar y la función de todos los demás ámbitos en la estructura de poder.

Sin embargo, si se examina de nuevo la experiencia del patrón mundial del poder capitalista, nada permite verifi car la homogeneidad histórica de sus componentes, ni siquiera de los fundamentales, sea del trabajo, del capital, o del capitalismo. Por el contrario, dentro de cada una de esas categorías no sólo coexisten, sino se articulan y se combinan todas y cada una de las formas, etapas y niveles de la historia de cada una de ellas. Por ejemplo, el trabajo asalariado existe hoy, como al comienzo de su historia, junto con la esclavitud, la servidumbre, la pequeña producción mercantil, la reciprocidad.Y todos ellos se articulan entre sí y con el capital. El propio trabajo asalariado se diferencia entre todas las formas históricas de acumulación, desde la llamada originaria o primitiva, la plusvalía extensiva, incluyendo todas las gradaciones de la intensiva y todos los niveles que la actual tecnología permite y contiene, hasta aquellos en que la fuerza viva de trabajo individual es virtualmente insignifi cante. El capitalismo abarca, tiene que abarcar, a todo ese complejo y heterogéneo universo bajo su dominación.

Respecto de la cadena unidireccional de determinaciones que permite al trabajo articular a los demás ámbitos y mantenerlos articulados en el largo tiempo, la experiencia del patrón de poder capitalista, mundial, eurocentrado y colonial/moderno no muestra tampoco nada que obligue a admitir que el rasgo capitalista haya hecho necesarios, en el sentido de inevitables, los demás. De otra parte, sin duda el carácter capitalista de este patrón de poder tiene implicaciones decisivas sobre el carácter y el sentido de las relaciones intersubjetivas, de las relaciones de autoridad y sobre las relaciones en torno del sexo y sus productos. Pero, primero, sólo si se ignora la heterogeneidad histórica de esas relaciones y del modo en que se ordenan en cada ámbito y entre ellos, sería posible admitir la unilinealidad y unidireccionalidad de esas implicaciones. Y segundo, y a esta altura del debate debiera ser obvio, que si bien el actual modo de controlar el trabajo tiene implicaciones sobre, por ejemplo, la intersubjetividad societal, sabemos del mismo modo que para que se optara por la forma capitalista de organizar y controlar el trabajo, fue sin duda necesaria una intersubjetividad que la hiciera posible y preferible. Las determinaciones no son, pues, no pueden ser, unilineales, ni unidireccionales. Y no sólo son recíprocas. Son heterogéneas, discontinuas, inconsistentes, confl ictivas, como corresponde a relaciones entre elementos que tienen, todos y cada uno, tales características.

La articulación de heterogéneos, discontinuos y conflictivos elementos en una estructura común, en un determinado campo de relaciones, implica pues, requiere, relaciones de recíprocas, mútiples y heterogéneas determinaciones. El estructuralismo y el funcionalismo no lograron percibir esas necesidades históricas. Tomaron un camino malconducente reduciéndolas a la idea de relaciones funcionales entre los elementos de una estructura societal.
De todos modos, sin embargo, para que una estructura histórico - estructuralmente heterogénea tenga el movimiento, el desenvolvimiento, o si se quiere el comportamiento, de una totalidad histórica, no bastan tales modos de determinación recíproca y heterogénea entre sus componentes. Es indispensable que uno (o más) entre ellos tenga la primacía—en el caso del capitalismo, el control combinado del trabajo y de la autoridad—pero no como determinante o base de determinaciones en el sentido del materialismo histórico, sino estrictamente como eje(s) de articulación del conjunto.

De ese modo, el movimiento conjunto de esa totalidad, el sentido de su desenvolvimiento, abarca, trasciende, en ese sentido específi co, a cada uno de sus componentes. Es decir, determinado campo de relaciones societales se comporta como una totalidad. Pero semejante totalidad histórico-social, como articulación de heterogéneos, discontinuos y confl ictivos elementos, no puede ser de modo alguno cerrada, no puede ser un organismo, ni puede ser, como una máquina, consistente de modo sistémico y constituir una entidad en la cual la lógica de cada uno de los elementos corresponde a la de cada uno de los otros. Sus movimientos de conjunto no pueden ser, en consecuencia, unilineales, ni unidireccionales, como sería necesariamente el caso de entidades orgánicas o sistémicas o mecánicas.

NOTA SOBRE LA CUESTIÓN DE LA TOTALIDAD

Acerca de esa problemática es indispensable continuar indagando y debatiendo las implicaciones del paradigma epistemológico de la relación entre el todo y las partes respecto de la existencia histórico-social. El eurocentrismo ha llevado a virtualmente todo el mundo, a admitir que en una totalidad el todo tiene absoluta primacía determinante sobre todas y cada una de las partes, que por lo tanto hay una y sólo una lógica que gobierna el comportamiento del todo y de todas y de cada una de las partes. Las posibles variantes en el movimiento de cada parte son secundarias, sin efecto sobre el todo y reconocidas como particularidades de una regla o lógica general del todo al que pertenecen.

No es pertinente aquí, por razones obvias, plantear un debate sistemático acerca de aquel paradigma que en la modernidad eurocéntrica ha terminado siendo admitido como una de las piedras angulares de la racionalidad y que en la producción del conocimiento concreto llega a ser actuado con la espontaneidad de la respiración, esto es de manera incuestionable. Lo único que propongo aquí es abrir la cuestión restricta de sus implicaciones en el conocimiento específi co de la experiencia histórico-social.

En la partida, es necesario reconocer que todo fenómeno histórico-social consiste en y/o expresa una relación social o una malla de relaciones sociales. Por eso, su explicación y su sentido no pueden ser encontrados sino respecto de un campo de relaciones mayor al que corresponde. Dicho campo de relaciones respecto del cual un determinado fenómeno puede tener explicación y sentido es lo que aquí se asume con el concepto de totalidad históricosocial.
La continuada presencia de este paradigma en la investigación y en el debate histórico-social desde, sobre todo, fi nes del siglo XVIII, no es un accidente: da cuenta del reconocimiento de su tremenda importancia, ante todo porque permitió liberarse del atomismo empirista y del providencialismo. No obstante, el empirismo atomístico no sólo se ha mantenido en el debate, sino que ahora ha encontrado una expresión nueva en el llamado postmodernismo fi losófi co-social.9 En ambos se niega la idea de totalidad y de su necesidad en la producción del conocimiento.

La renovación y la expansión de la visión atomística de la experiencia histórico-social en plena crisis de la modernidad/racionalidad no es tampoco un accidente. Es un asunto complejo y contradictorio. Da cuenta, por un lado, de que ahora es más perceptible el que las ideas dominantes de totalidad dejan fuera de ella muchas, demasiadas, áreas de la experiencia histórico-social, o las acogen sólo de modo distorsionante. Pero, por otro lado, tampoco es accidental la explícita asociación de la negación de la totalidad con la negación de la realidad del poder societal, en el nuevo postmodernismo tanto como en el viejo empirismo.
En efecto, lo que el paradigma de la totalidad permitió percibir en la historia de la existencia social de las gentes concretas fue, precisamente, el poder como la más persistente forma de articulación estructural de alcance societal. Desde entonces, sea para ponerlo en cuestión o para su defensa, el punto de partida ha sido el reconocimiento de su existencia real en la vida de las gentes. Pero, sobre todo, fue la crítica del poder lo que terminó colocado en el centro mismo del estudio y del debate histórico-social.

En cambio, en la visión atomística, sea del viejo empirismo o del nuevo postmodernismo, las relaciones sociales no forman campos complejos de relaciones sociales en los que están articulados todos los ámbitos diferenciables de existencia social y en consecuencia de relaciones sociales. Es decir, algo llamable sociedad, no tiene lugar en la realidad. Por lo tanto, encontrar explicación y sentido de los fenómenos sociales no es posible, ni necesario. La experiencia contingente, la descripción como representación, serían lo único necesario y legítimo. La idea de totalidad no sólo no sería necesaria, sino, sobre todo, sería una distorsión epistemológica. La idea que remite a la existencia de estructuras duraderas de relaciones sociales, cede lugar a la idea de fl uencias inestables y cambiantes, que no llegan a cuajar en estructuras.10
Para poder negar la realidad del poder societal, el empirismo y el postmodernismo requieren negar la idea de totalidad histórico-social y la existencia de un ámbito primado en la confi guración societal, actuando como eje de articulación de los demás. El poder en el viejo empirismo sólo existe como autoridad, en un sólo ámbito de relaciones sociales, por defi nición, dispersas. En el postmodernismo, desde sus orígenes post-estructuralistas, el poder sólo existe a la escala de las micro-relaciones sociales y como fenómeno disperso y fl uido. No tiene sentido, en consecuencia, para ninguna de tales vertientes del debate, pensar en el cambio de algo llamable sociedad en su conjunto y ubicar para eso sus ejes de articulación o los factores de determinación que deben ser cambiados. El cambio histórico sería estrictamente un asunto individual, aunque fueran varios los individuos comprometidos, en micro-relaciones sociales.
En esa confrontación entre las ideas orgánicas y sistémicas de totalidad, de un lado, y la negación de toda idea de totalidad, del otro, pareciera pues tratarse de opciones muy contrapuestas, incluso referidas a perspectivas epistémicas no conciliables. Ambas tienen, sin embargo, un común linaje eurocéntrico: para ambas posiciones el paradigma eurocéntrico de totalidad es el único pensable. Dicho de otro modo, en ambas subyace el supuesto nunca explicitado y discutido, ya que nunca fue una cuestión, de que toda idea de totalidad implica que el todo y las partes corresponden a una misma lógica de existencia. Es decir, tienen una homogeneidad básica que sustenta la consistencia y la continuidad de sus relaciones, como en un organismo, o en una máquina, o en una entidad sistémica. En esa perspectiva, la negación de la necesidad de esa idea de totalidad en la producción del conocimiento es extrema, pero no del todo arbitraria. Para nuestras actuales necesidades de conocimiento histórico-social, esa idea de totalidad implica hoy distorsiones de la realidad tan graves como las desventajas del viejo empirismo atomístico. Pero ¿qué pasa si nos enfrentamos a totalidades que consisten en una articulación de elementos históricamente heterogéneos, cuyas relaciones son discontinuas, inconsistentes, conflictivas?.
La respuesta es que en la existencia societal las relaciones entre el todo y las partes son reales, pero necesariamente muy distintas de las que postula el eurocentrismo. Una totalidad histórico-social es en un campo de relaciones sociales estructurado por la articulación heterogénea y discontinua de diversos ámbitos de existencia social, cada uno de ellos a su vez estructurado con elementos históricamente heterogéneos, discontinuos en el tiempo, confl ictivos. Eso quiere decir que las partes en un campo de relaciones de poder societal no son sólo partes. Lo son respecto del conjunto del campo, de la totalidad que éste constituye. En consecuencia, se mueven en general dentro de la orientación general del conjunto. Pero no lo son en su relación separada con cada una de las otras. Y sobre todo cada una de ellas es una unidad total en su propia confi guración porque igualmente tiene una constitución históricamente heterogénea. Cada elemento de una totalidad histórica es una particularidad y, al mismo tiempo, una especifi cidad, incluso, eventualmente, una singularidad. Todos ellos se mueven dentro de la tendencia general del conjunto, pero tienen o pueden tener una autonomía relativa y que puede ser, o llegar a ser, eventualmente, confl ictiva con la del conjunto. En ello reside también la moción del cambio histórico-social.

¿Significa eso que la idea de totalidad no tiene allí lugar, ni sentido?. Nada de eso. Lo que articula a heterogéneos y discontinuos en una estructura histórico-social es un eje común, por lo cual el todo tiende a moverse en general de modo conjunto, actúa como una totalidad, pues. Pero esa estructura no es, no puede ser, cerrada, como en cambio no puede dejar de serlo una estructura orgánica o sistémica. Por eso, a diferencia de éstas, si bien ese conjunto tiende a moverse o a comportarse en una orientación general, no puede hacerlo de manera unilineal, ni unidireccional, ni unidimensional, porque están en acción múltiples, heterogéneas e incluso confl ictivas pulsiones o lógicas de movimiento. En especial, si se considera que son necesidades, deseos, intenciones, opciones, decisiones y acciones humanas las que están, constantemente, en juego.
En otros términos, los procesos históricos de cambio no consisten, no pueden consistir, en la transformación de una totalidad históricamente homogénea en otra equivalente, sea gradual y continuamente, o por saltos y rupturas. Si así fuera, el cambio implicaría la salida completa del escenario histórico de una totalidad con todos sus componentes, para que otra derivada de ella ocupe su lugar. Esa es la idea central, necesaria, explícita en el evolucionismo gradual y unilineal, o implicada en las variantes del estructuralismo y del funcionalismo y, aunque algo en contra de su discurso formal, también del materialismo histórico. Así no ocurre, sin embargo, en la experiencia real, menos con el patrón de poder mundial que se constituyó con América. El cambio afecta de modo heterogéneo, discontinuo, a los componentes de un campo histórico de relaciones sociales. Ese es, probablemente, el signifi cado histórico, concreto, de lo que se postula como contradicción en el movimiento histórico de la existencia social.

La percepción de que un campo de relaciones sociales está constituído de elementos homogéneos, continuos, aunque contradictorios (en el sentido hegeliano), lleva a la visión de la historia como una secuencia de cambios que consisten en la transformación de un conjunto homogéneo y continuo en otro equivalente. Y el debate sobre si eso ocurre gradual y linealmente o por “saltos,” y que suele pasar como una confrontación epistemológica entre el “positivismo” y la “dialéctica” es, en consecuencia, meramente formal. No implica en realidad ninguna ruptura epistemológica.

Puede verse así que lo que lleva a muchos a desprenderse de toda idea de totalidad, es que las ideas sistémicas u orgánicas acerca de ella han llegado a ser percibidas o sentidas como una suerte de corset intelectual, porque fuerzan a homogenizar la experiencia real y de ese modo a verla de modo distorsionado. Eso no lleva a negar, desde luego, la existencia posible o probada de totalidades orgánicas o sistémicas. De hecho hay organismos. Y mecanos cuyas partes se corresponden unas con otras de manera sistémica. Pero toda pretensión de ver de esta manera las estructuras societales es necesariamente distorsionante.

Desde una perspectiva organística o sistemística de la totalidad histórico-social, toda pretensión de manejo de totalidades histórico-sociales, en especial cuando se trata de planifi car de ese modo el cambio, no puede dejar de conducir a experiencias que han dado en llamarse, no por acaso, totalitarias. Esto es, reproducen a escala histórica el lecho de Procusto. Al mismo tiempo, sin embargo, puesto que no es inevitable que toda idea de totalidadsea sistémica, orgánica o mecánica, la simple negación de toda idea de totalidad en el conocimiento histórico-social no puede dejar de estar asociada a la negación de la realidad del poder a escala societal. En realidad, desoculta el sesgo ideológico que la vincula al poder vigente.

LA CUESTIÓN DE LA CLASIFICACIÓN SOCIAL

Desde los años 80, en medio de la crisis mundial del poder capitalista, se hizo más pronunciada la derrota ya tendencialmente visible de los regímenes del despotismo burocrático, rival del capitalismo privado; de los procesos de democratización de las sociedades y estados capitalistas de la “periferia”; y también de los movimientos de los trabajadores orientados a la destrucción del capitalismo. Ese contexto facilitó la salida a luz de las corrientes, hasta ese momento más bien subterráneas, que dentro del materialismo histórico comenzaban a sentir cierto malestar con su concepción heredada acerca de las clases sociales.11 El pronto resultado fue, como ocurre con frecuencia, que el niño fue arrojado junto con el agua sucia y las clases sociales se eclipsaron en el escenario intelectual y político.

Es obvio que ese resultado fue parte de la derrota mundial de los regímenes y movimientos que disputaban la hegemonía mundial a los centros hegemónicos del capitalismo o se enfrentaban al capitalismo. Y facilitó la imposición del discurso neoliberalista del capitalismo como una suerte de sentido común universal, que desde entonces hasta hace muy poco se hizo no sólo dominante, sino virtualmente único.12 Es menos obvio, sin embargo, si fue única o principalmente para poder pasarse con comodidad al campo adversario, que muchos habituales de los predios del materialismo histórico se despojaran, después de la derrota, de una de sus armas predilectas. Aunque esa es la acusación oída con más frecuencia, no es probable que sea la mejor encaminada.
Es más probable que con la cuestión de las clases sociales, entre los cultores o seguidores del materialismo histórico hubiera estado ocurriendo algo equivalente que con las ideas orgánica o sistémica acerca de la totalidad: las derrotas y sobre todo las decepciones en su propio campo político (el “socialismo realmente existente”) hacían cada vez más problemático el uso productivo, en el campo del conocimiento sobre todo, de la versión del materialismo histórico sobre las clases sociales.

Esa versión había logrado convertir una categoría histórica en una categoría estática, en los aptos términos de E.P. Thompson, y en amplia medida ese era el producto que, según la descripción de Parkin a fi nes de los 70,13 se “fabricaba” y mercadeaba” en muchas universidades de Europa y de Estados Unidos. Y puesto que para una amplia mayoría, dicha versión era la única legítimada como correcta, el respectivo concepto de clases sociales comenzó a ser sentido también como un corset intelectual.

Los esfuerzos para hacer más llevadero ese corset, si bien no muy numerosos, ganaron amplia audiencia en los 70s. Piénsese, por ejemplo, en la resonancia de la obra de Nicos Poulantzas, en una vereda, o la de Erik Olin Wright en la de enfrente. Esfuerzos de crítica mucho más fecunda, menos numerosos, con menos audiencia inmediata, como la de E.P. Thompson, desafortunadamente no llevaron hasta una entera propuesta alternativa.14
¿De dónde proceden las difi cultades con la teoría de las clases sociales del materialismo histórico? El rastro más nítido conduce a una historia con tres estancias distintas. Primera, la constitución del materialismo histórico a fi nes del siglo XIX, como un producto de la hibridación marxo-positivista, en el tardío Engels y en los teóricos de la Social-Democracia europea, alemana en especial, con amplias y duraderas reverberaciones entre los socialistasde todo el mundo. Segunda, la canonización de la versión llamada marxismo-leninismo, impuesta por el despotismo burocrático establecido bajo el estalinismo desde mediados de los años 20. Finalmente, la nueva hibridación de ese materialismo histórico con el estructuralismo, francés especialmente, después de la Segunda Guerra Mundial.15

El materialismo histórico, respecto de la cuestión de las clases sociales, así como en otras áreas, respecto de la herencia teórica de Marx no es, exactamente, una ruptura, sino una continuidad parcial y distorsionada. Ese legado intelectual es reconocidamente heterogéneo y lo es aún más su tramo final, producido, precisamente, cuando Marx puso en cuestión los núcleos eurocentristas de su pensamiento, desafortunadamente sin lograr encontrar una resolución eficaz a los problemas epistémicos y teóricos implicados. Admite, pues, heterogéneas lecturas. Pero el materialismo histórico, sobre todo en su versión marxismo-leninismo, pretendió, no sin éxito, hacerlo pasar como una obra sistemáticamente homogénea e imponer su propia lectura a fin de ser admitido como el único legítimo heredero.

Es sabido que Marx dijo expresamente que no era el descubridor de las clases sociales, ni de sus luchas, pues antes lo habían hecho los historiadores y economistas burgueses.16 Pero, aunque él, curiosamente, no la menciona,17 no hay duda alguna de que fue en la obra de Claude Henri de Saint-Simon y de los saintsimonianos que fueron formulados por primera vez, mucho antes de Marx, en el mero comienzo del siglo XIX, los elementos básicos de lo que un siglo después será conocido como la teoría de las clases sociales del materialismo histórico. En particular en la famosa Exposition de la Doctrine, publicada en 1828 por la llamada izquierda saintsimoniana, de extendida infl uencia en el debate social y polìtico durante buena parte del siglo XIX. Vale la pena recordar uno de sus notables tramos:

“La explotación del hombre por el hombre que habíamos demostrado en el pasado bajo su forma más directa, la más grosera, la esclavitud, se continúa en muy alto grado en las relaciones entre propietarios y trabajadores, entre patronos y asalariados; se está lejos, sin duda, de la condición en que estas clases están colocadas hoy dia, a aquella en que se encontraban en el pasado amos y esclavos, patricios y plebeyos, siervos y señores. Pareciera inclusive, a primera vista, que no podría hacerse entre ellas ninguna comparación. No obstante, debe reconocerse que los unos no son más que la prolongación de los otros. La relación del patrón con el asalariado es la última transformaciòn que ha sufrido la esclavitud. Si la explotación del hombre por el hombre no tiene más ese carácter brutal que revestía en la antigüedad; si ella no se ofrece más a nuestos ojos sino bajo una forma suavizada, no es por eso menos real. El obrero no es como el esclavo, una propiedad directa de su patrón; su condición todo el tiempo precaria está fi jada siempre por una transacción entre ellos: ¿pero esa transacción es libre de parte del obrero? . No lo es, puesto que está obligado a aceptar bajo pena de vida, reducido como está a esperar su comida de cada día nada más que de su trabajo de la víspera.”

El texto prosigue poco después diciendo que:

“las ventajas de cada posición social se transmiten hereditariamente; los Economistas han tenido que constatar uno de los aspectos de este hecho, la herencia de la miseria, al reconocer la existencia en la sociedad de una clase de “proletarios.” Hoy día, la masa entera de trabajadores es explotada por los hombres cuya propiedad utilizan. Los jefes de industria sufren ellos mismos esta explotación en sus relaciones con los propietarios, pero en un grado incomparablemente más débil: a su turno ellos participan de la explotación que recae con todo su peso sobre la clase obrera, es decir sobre la inmensa mayoría de los trabajadores” (traducción de A.Q.) 18.
Las tensiones que origina la división en clases de la sociedad, dicen los autores, sólo podrán saldarse con una revolución inevitable que pondrá término a todas las formas de la explotación del hombre por el hombre.

Es sin duda notable, y no puede ser negado, que en esos párrafos esté ya contenido virtualmente todo el registro de ideas que serán incorporadas a la teoría de las clases sociales del materialismo histórico. Entre las principales: (1) La idea de sociedad en tanto que una totalidad orgánica, desde Saint-Simon eje ordenador de toda una perspectiva de conocimiento históricosocial y de la cual el materialismo histórico será la principal expresión. (2) El concepto mismo de clases sociales, referido a franjas de población homogenizadas por sus respectivos lugares y roles en las relaciones de producción de la sociedad. (3) La explotación del trabajo y el control de la propiedad de los recursos de producción como el fundamento de la división de la sociedad en clases sociales. En Marx formarán más tarde parte del concepto de relaciones de producción. (4) La nomenclatura de las clases sociales acuñada desde ese postulado, amos y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, industriales y obreros. (5) La perspectiva evolucionista, unidireccional, de la historia como sucesión de tales sociedades de clase, que en el materialismo histórico serán conocidas como “modos de producción.” (6) La relación entre las clases sociales y la revolución fi nal contra toda explotación, no mucho después llamada revolución “socialista.” No se agotan allí las notables coincidencias con el materialismo histórico respecto de la cuestión de las clases sociales. Para un texto escrito después de 300 años de historia del capitalismo mundial eurocentrado y colonial/moderno, no puede dejar de ser llamativa su ceguera absoluta respecto de: (1) la coexistencia y la asociación, bajo el capitalismo, de todas las formas de explotación/dominaciòn del trabajo; (2) que en consecuencia, incluso reduciendo las clases sociales solamente a las relaciones de explotación/ dominación en torno del trabajo, en el mundo del capitalismo no existían solamente las clases sociales de “industriales,” de un lado, y la de “obreros”o “proletarios,” del otro, sino también las de “esclavos,” “siervos,” y “plebeyos,” “campesinos libres”; (3) sobre el hecho de que las relaciones de dominación originadas en la experiencia colonial de “europeos” o “blancos” e “indios,” “negros,” “amarillos” y “mestizos,” implicaban profundas relaciones de poder que, además, en aquel período estaban tan estrechamente ligadas a las formas de explotación del trabajo, que parecían “naturalmente” asociadas entre sí; (4) que en consecuencia la relación capital-salario no era el único eje de poder, ni siquiera en la economía; (5) que habían otros ejes de poder que existían y actuaban en ámbitos que no eran solamente económicos, como la “raza,” el género y la edad; (6) que, en consecuencia, la distribución del poder entre la población de una sociedad no provenía exclusivamente de las relaciones en torno del control del trabajo, ni se reducía a ellas. El movimiento de la indagación de Marx sobre las clases sociales, no fue probablemente ajeno al debate de los saintsimonianos. Pero junto con sus similaridades, tiene también notables diferencias que aquí apenas es pertinente señalar.

En primer término, Marx se mantuvo, es verdad, hasta casi el fi nal de su trabajo dentro de la misma perspectiva saintsimoniana, eurocéntrica, de una secuencia histórica unilineal y unidireccional de sociedades de clase. Sin embargo, como se sabe bien ahora, al irse familiarizando con las investigaciones históricas y con el debate político de los “populistas” rusos, se dio cuenta de que esas unidireccionalidad y unilinearidad dejaban fuera de la historia otras decisivas experiencias históricas. Llegó así a ser consciente del eurocentrismo de su perspectiva histórica. Pero no llegó a dar el salto epistemológico correspondiente. El materialismo histórico posterior eligió condenar y omitir ese tramo de la indagación de Marx y se aferró dogmáticamente a lo más eurocentrista de su herencia.19

Es cierto, por otra parte, como todo el mundo advierte, que hay una distinción perceptible entre su visión de las relaciones de clase implicadas en su teoría sobre el Capital y la que subyace a sus estudios históricos. El Capital en esa teoría es una relación social específi ca de producción, cuyos dos términos fundamentales son los capitalistas y los obreros. Los primeros, son quienes controlan esa relación. En esa calidad, son “funcionarios” del Capital. Son los dominantes de esa relación. Pero lo hacen en su propio, privado, beneficio. En esa calidad, son explotadores de los obreros. Desde ese punto de vista, ambos términos son las clases sociales fundamentales del Capital.

De otro lado, sin embargo, y sobre todo en su análisis de la coyuntura francesa, especialmente en El 18 Brumario de Luís Bonaparte, da cuenta de varias clases sociales que, según las condiciones del confl icto político-social, emergen, se consolidan o se retiran de escena: burguesía comercial, burguesía industrial, proletariado, grandes terratenientes, oligarquía financiera, pequeña-burguesía, clase media, lumpen-proletariado, gran burocracia. Así mismo, en Teorías de la Plusvalía, advierte que Ricardo olvida enfatizar el constante crecimiento de las clases medias.20
El materialismo histórico posterior, en especial en su versión marxismoleninismo, ha manejado esas diferencias en la indagación marxiana por medio de tres propuestas. La primera es que las diferencias se deben al nivel de abstracción, teórico en El Capital e histórico-coyuntural en El 18 Brumario. La segunda es que esas diferencias son además transitorias, pues en el desenvolvimiento del Capital la sociedad tenderá, de todosmModos, a polarizarse en las dos clases sociales fundamentales.21 La tercera es que la teoría de El Capital implica que se trata de una relación social estructurada independientemente de la voluntad y de la conciencia de las gentes y que, en consecuencia, éstas se encuentran distribuídas en ella de manera necesaria e inevitable, por una legalidad histórica que las sobrepasa. En esa visión, las clases sociales son presentadas como estructuras dadas por la naturaleza de la relación social; sus ocupantes son portadores de sus determinaciones y por lo tanto sus comportamientos deberían expresar dichas determinaciones estructurales.22

La primera propuesta tiene confi rmación en las propias palabras de Marx. Así, ya en el famoso e inconcluso Capítulo sobre las Clases , del vol. III de El Capital, Marx sostiene que “Los propietarios de simple fuerza de trabajo, los propietarios de capital y los propietarios de tierras, cuyas respectivas fuentes de ingresos son el salario, la ganancia y la renta del suelo, es decir, los obreros asalariados, los capitalistas y los terratenientes, forman las tres grandes clases de la sociedad moderna, basada en el régimen capitalista de producción.” Sin embargo, comprueba que ni siquiera en Inglaterra, no obstante ser la más desarrollada y “clásica” de las modernas sociedades capitalistas, “se presenta en toda su pureza esta división de la sociedad en clases,” ya que clases medias y estratos intermedios no dejan que sean nítidas las líneas de separación entre las clases. Pero inmediatamente advierte que eso será depurado por el desenvolvimiento de la ley del desarrollo capitalista que lleva continuamente a la polarización entre las clases fundamentales.23

Con El 18 Brumario, sin embargo, ocurre un doble desplazamiento de problemática y de perspectiva, que no se puede explicar solamente porque se trate de un análisis histórico coyuntural. En el movimiento de la refl exión marxiana, están implícitas, de una parte, la idea de que en la sociedad francesa de ese tiempo no existe sólo el salario, sino varias y diversas otras formas de explotación del trabajo, todos articulados al dominio del capital y en su benefi cio. De algún modo, eso preludia la diferenciación entre capital (relación entre capital y salario) y capitalismo (relaciones heterogéneas entre capital y todas las demás formas de trabajo), que confronta anticipadamente a la teoría de la articulación de modos de producción, producida más tarde por el materialismo histórico. De otra parte, la idea según la cual las clases se forman, se desintegran o se consolidan, parcial y temporalmente o de modo defi nido y permanente, según el curso de las luchas concretas de las gentes concretas disputando el control de cada ámbito del poder. No son estructuras, ni categorías, anteriores a tales conflictos.

Esa línea de refl exión de Marx también está presente en El Capital, a pesar de todas sus conocidas ambiguedades. Por eso, la tercera propuesta establece una diferencia básica entre la perspectiva marxiana y la del materialismo histórico. Mientras que en éste las clases sociales son ocupantes de una suerte de nichos estructurales donde son ubicadas y distribuídas las gentes por las relaciones de producción, en Marx se trata de un proceso histórico concreto de clasificación de las gentes. Esto es, un proceso de luchas en que unos logran someter a otros en la disputa por el control del trabajo y de los recursos de producción. En otros términos, las relaciones de producción no son externas, ni anteriores, a las luchas de las gentes, sino el resultado de las luchas entre las gentes por el control del trabajo y de los recursos de producción, de las victorias de los unos y de las derrotas de otros y como resultado de las cuales se ubican y/o son ubicadas, o clasifi cadas. Esa es, sin duda, la propuesta teórica implicada en el famoso Capítulo sobre La Llamada Acumulación Originaria.24 De otro modo, la línea de análisis de El 18 Brumario de Luís Bonaparte, no tendría sentido.

En la línea marxiana, en consecuencia, las clases sociales no son estructuras, ni categorías, sino relaciones históricas, históricamente producidas y en ese específi co sentido históricamente determinadas, aún cuando esa visión está reducida a sólo uno de los ámbitos del poder, el trabajo. En cambio en el materialismo histórico, tal como lo señala E.P. Thompson, se prolonga la visión “estática,” es decir ahistórica, que asigna a las clases sociales la calidad de estructuras establecidas por relaciones de producción que vienen a la existencia por fuera de la subjetividad y de las acciones de las gentes, es decir antes de toda historia.

El materialismo histórico ha reconocido, después de la Segunda Guerra Mundial, que en su visión evolucionista y unidireccional de las clases sociales y de las sociedades de clase, hay pendientes problemas complicados. En primer lugar por la reiterada comprobación de que incluso en los “centros´, algunas “clases pre-capitalistas,” el campesinado en particular, no salían, ni parecían dispuestas a salir de la escena histórica del “capitalismo,” mientras otras, las clases medias, tendían a crecer conforme el capitalismo se desarrollaba. En segundo lugar, porque no era sufi ciente la visión dualista del pasaje entre “precapitalismo”y “capitalismo” respecto de las experiencias del “Tercer Mundo,” donde confi guraciones de poder muy complejas y heterogéneas no corresponden a las secuencias y etapas esperadas en la teoría eurocéntrica del capitalismo. Pero no logró encontrar una salida teórica respaldada en la experiencia histórica y arribó apenas a la propuesta de “articulación de modos de producción,” sin abandonar la idea de la secuencia entre ellos. Es decir, tales “articulaciones” no dejan de ser coyunturas de la transición entre los modos “precapitalistas”y el “capitalismo.”25 En otros términos, consisten en la coexistencia — transitoria, por supuesto — del pasado y del presente de su visión histórica!.
Al materialismo histórico le es ajena y hostil la idea de que no se trata más de “modos de producción” articulados, sino del capitalismo como estructura mundial de poder dentro del cual y a su servicio, se articulan todas las formas históricamente conocidas de trabajo, de control y de explotación del trabajo. Pero es así, a pesar de todo, como existe el poder capitalista mundial, colonial/moderno. Y eso es, finalmente visble para todos a la hora de la globalización.

¿EL CONCEPTO DE CLASE: DE LA “NATURALEZA” A LA “SOCIEDAD”?

La idea de “clase”fue introducida en los estudios sobre la “naturaleza” antes que sobre la “sociedad.” Fue el “naturalista” sueco Linneo el primero en usarla en su famosa “clasificación” botánica del siglo XVIII. El descubrió que era posible clasifi car a las plantas según el número y la disposición de los estambres de las flores, porque éstas tienden a permanecer sin cambios en el curso de la evolución.26

No pareciera haber sido, y probablemente no fue, básicamente distinta la manera de conocer que llevó, primero a los historiadores franceses del siglo XVIII, después a los saintsimonianos de las primeras décadas del XIX, a diferenciar “clases” de gentes en la población europea. Para Linneo las plantas estaban allí, en el “reino vegetal,” dadas, y a partir de algunas de sus características empíricamente diferenciables, se podía “clasifi carlas.” Los que estudiaban y debatían la sociedad de la Europa Centro-Nórdica a fi nes del s.XVIII y a comienzos del XIX, aplicaron la misma perspectiva a las gentes y encontraron que era posible “clasifi carlas” también a partir de sus más constantes características diferenciables, empíricamente, su lugar en los pareados de riqueza y pobreza, mando y obediencia. Fue un hallazgo saintsimoniano descubrir que la fuente principal de esas diferencias estaba en el control del trabajo y sus productos y de los recursos de la naturaleza empleados en el trabajo. Los teóricos del materialismo histórico, desde fi nes del siglo XIX, no produjeron rupturas o mutaciones decisivas en esa perspectiva de conocimiento.
Por supuesto, al transferir el sustantivo clase del mundo de la “naturaleza” al de la “sociedad,” era indispensable asociarlo con un adjetivo que legitimara ese desplazamiento: la clase deja de ser botánica y se muta en social. Pero dicho desplazamiento fue básicamente semántico. El nuevo adjetivo no podía ser capaz, por sí solo, ni de cortar el cordón umbilical que ataba al recien nacido concepto al vientre naturalista, ni de proporcionarle para su desarrollo una atmósfera epistémica alternativa. En el pensamiento eurocéntrico heredero de la Ilustración Continental, 27 la sociedad era un organismo, un orden dado y cerrado. Y las clases sociales fueron, pensadas como categorías ya dadas en la “sociedad,” como ocurría con las clases de plantas en la “Naturaleza.”
Debe tenerse en cuenta, en relación con esas cuestiones, que otros términos que tienen el mismo común origen naturalista, estructura, procesos, organismo, en el eurocentrismo pasan al conocimiento social con las mismas ataduras cognoscitivas que el término clase. La obvia vinculación entre la idea eurocéntrica de las clases sociales con las ideas de estructura como un orden dado en la sociedad y de proceso como algo que tiene lugar en una estructura, y de todas ellas con las ideas organísticas y sistémicas de la idea de totalidad, ilumina con claridad la persistencia en ellas de todas las marcas cognoscitivas de su origen naturalista y a través de ellas, de su duradera imprenta sobre la perspectiva eurocéntrica en el conocimiento histórico-social. No se podría entender, ni explicar, de otro modo, la idea del materialismo histórico o de las sociólogos de la “sociedad industrial,” según la cual las gentes son “portadoras” de las determinaciones estructurales de clase y deben en consecuencia actuar según ellas. Sus deseos, preferencias, intenciones, voliciones, decisiones y acciones son confi guradas según esas determinaciones y deben responder a ellas.

El problema creado por la inevitable distancia entre ese presupuesto y la subjetividad y la conducta externa de las gentes así “clasifi cadas,” sobre todo entre las “clases” dominadas, encontró en el materialismo histórico una imposible solución: era un problema de la conciencia y ésta sólo podía ser o llevada a los explotados por los intelectuales burgueses (Kautsky-Lenin) como el polen es llevado a las plantas por las abejas. O irse elaborando y desarrollando en una progresión orientada hacia una imposible “conciencia posible” (Lukacs).28

REDUCCIONISMO Y AHISTORICIDAD EN LA TEORIA EUROCENTRICA DE LAS CLASES SOCIALES

La impronta naturalista, positivista y marxo-positivista de la teoría eurocéntrica de las clases sociales, implica también dos cuestiones cruciales: (1) En su origen la teoría de las clases sociales está pensada exclusivamente sobre la base de la experiencia europea, la cual a su vez está pensada, por supuesto, según la perspectiva eurocéntrica, es decir distorsionante. (2) Por esa misma razón, para los saintsimonianos y para sus herederos del materialismo histórico, las únicas diferencias que son percibidas entre los europeos como realmente signifi cativas—una vez abolidas las jerarquías nobiliarias por la Revolución Francesa—se refi eren a la riqueza/pobreza y al mando/obediencia. Y esas diferencias remiten, de un lado, al lugar y a los roles de las gentes respecto del control del trabajo y de los recursos que en la naturaleza sirven para trabajar, todo lo cual será a su tiempo nombrado como “relaciones de producción.” De otro lado, a los lugares y roles de las gentes en el control de la autoridad, ergo, del Estado. Las otras diferencias que en la población europea de los siglos XVIII y XIX estaban vinculadas a diferencias de poder, principalmente sexo y edad, en esa perspectiva son “naturales,” es decir hacen parte de la clasificación en la “naturaleza”. En otros términos, la teoría eurocéntrica sobre las clases sociales, y no solamente en el materialismo histórico marxo-positivista, o entre los weberianos o en los descendientes de ambos , sino en el propio Marx, es reduccionista: se refi ere única y exclusivamente a uno sólo de los ámbitos del poder, el control del trabajo y de sus recursos y productos. Y eso es especialmente notable sobre todo en Marx y sus herederos, pues no obstante que su propósito formal es estudiar, entender y cambiar o destruir el poder en la sociedad, todas las otras instancias de la existencia social donde se forman relaciones de poder entre las gentes no son consideradas en absoluto o son consideradas sólo como derivativas de las “relaciones de producción” y determinadas por ellas.

Todo aquello significa que la idea de clases sociales es elaborada en el pensamiento eurocéntrico, entre fi nes del siglo XVIII y fi nes del XIX, cuando ya la percepción de la totalidad desde Europa, por entonces el “centro” del mundo capitalista, ya ha sido definitivamente organizada como una dualidad histórica: Europa (y en el caso, sobre todo Europa Central e Inglaterra) y No-Europa.Y esa dualidad implicaba, además, que mucho de todo lo que era No-Europa, aunque existía en el mismo escenario temporal, en realidad correspondía al pasado de un tiempo lineal cuyo punto de llegada era (es), obviamente, Europa.

En No-Europa existían en ese mismo momento, siglo XIX, todas las formas no-salariales del trabajo. Pero desde el saintsimonismo hasta hoy, en el eurocentrismo son el pasado “precapitalista” o “pre-industrial.” Es decir, esas clases sociales son “precapitalistas” o no existen. En No-Europa habían sido impuestas identidades “raciales” no-europeas o “no-blancas.” Pero ellas, como la edad o el género entre los “europeos,” corresponden a diferencias “naturales” de poder entre “europeos”y “no-europeos.” En Europa están en formación o ya están formadas las instituciones “modernas” de autoridad: los “estados-nación modernos” y sus respectivas “identidades.” En No-Europa sólo son percibidas las tribus y las etnias, el pasado “pre-moderno,” pues. Ellas serán reemplazadas en algún futuro por Estados-Nación-como-en-Europa. Europa es civilizada. No-Europa es primitiva. El sujeto racional es Europeo. No-Europa es objeto de conocimiento. Como corresponde, la ciencia que estudiría a los Europeos se llamará “Sociologìa.” La que estudiaría a los No-Europeos se llamará “Etnografía.”

¿TEORIA DE LAS CLASES SOCIALES O TEORIA DE LA CLASIFICACION SOCIAL?

A esta altura del debate no es, pues, sufi ciente mantenerse en los conocidos parámetros, porque eso no agota la cuestión, ni resuelve los problemas planteados en el conocimiento y en la acción. Limitarse a insistir que es necesario historizar la cuestión de las clases sociales, es decir, referirla a la historia concreta de gentes concretas, en lugar de mantener una visión “estática” o ahistórica de las clases sociales, o poner a Weber en lugar de Marx o explorar sus entrecruzamientos viables como suele hacerse en la sociología escolar, ya es inconducente. En cualquiera de esas opciones y en todas juntas, se trata sólo de clasifi car a las gentes por algunas de sus dadas características diferenciales y no hay realmente nada fundamental que ganar si son tales o cuales las características que se escogen, o deben ser escogidas, para que la operación clasificatoria resulte menos “ideológica” y más “objetiva.”

Con la clasificación de los elementos de la “naturaleza” lo que importaba era, como correspondía a la racionalidad cartesiana, descubrir las “propiedades” que “definen,” es decir distinguen y al mismo tiempo emparentan a determinados “objetos”entre sí, o en otras palabras los distinguen individualmente y muestran su género próximo y su diferencia específi ca. Pero con la cuestión de las clases sociales, lo que realmente está en juego y lo estuvo desde el comienzo en el propósito de quienes introdujeron la idea, es algo radicalmente distinto: la cuestión del poder en la sociedad. Y el problema es que ninguna de aquellas opciones, ni juntas, ni por separado, son aptas para permitir aprehender e indagar la constitución histórica del poder y mucho menos la del poder capitalista, mundial y colonial/moderno.

Por todo eso, es pertinente salir de la eurocéntrica teoría de las clases sociales y avanzar hacia una teoría histórica de la clasificación social. El concepto de clasificación social, en esta propuesta, se refi ere a los procesos de largo plazo en los cuales las gentes disputan por el control de los ámbitos básicos de existencia social y de cuyos resultados se confi gura un patrón de distribución del poder centrado en relaciones de explotación/dominación/confl icto entre la población de una sociedad y en una historia determinadas.
Fue ya señalado que el poder, en este enfoque, es una malla de relaciones de explotación/dominación/confl icto que se confi guran entre las gentes en la disputa por el control del trabajo, de la “naturaleza,” del sexo, de la subjetividad y de la autoridad. Por lo tanto, el poder no se reduce a las “relaciones de producción,” ni al “orden y autoridad,” separadas o juntas. Y la clasificación social se refi ere a los lugares y a los roles de las gentes en el control del trabajo, sus recursos (incluídos los de la “naturaleza”) y sus productos; del sexo y sus productos; de la subjetividad y de sus productos (ante todo el imaginario y el conocimiento); y de la autoridad, sus recursos y sus productos.
En ese sentido específico, toda posible teoría de la clasificación social de las gentes, requiere necesariamente indagar por la historia, las condiciones y las determinaciones de una dada distribución de relaciones de poder en una sociedad.
Porque es esa distribución del poder entre las gentes de una sociedad lo que las clasifi ca socialmente, determina sus recíprocas relaciones y genera sus diferencias sociales, ya que sus características empíricamente observables y diferenciables son resultados de esas relaciones de poder, sus señales y sus huellas. Se puede partir de éstas para un primer momento y un primer nivel de aprehensión de las relaciones de poder, pero no tiene sentido hacer residir en ellas la naturaleza de su lugar en la sociedad. Es decir, su clase social.

HETEROGENEIDAD DE LA CLASIFICACIÓN SOCIAL

Desde América, en el capitalismo mundial, colonial/moderno, las gentes se clasifi can y son clasifi cadas según tres líneas diferentes, pero articuladas en una estructura global común por la colonialidad del poder: trabajo, raza, género. La edad no llega a ser insertada de modo equivalente en las relaciones societales de poder, pero sí en determinados ámbitos del poder. Y en torno de dos ejes centrales: el control de la producción de recursos de sobrevivencia social y el control de la reproducción biológica de la especie. El primero implica el control de la fuerza de trabajo, de los recursos y productos del trabajo, lo que incluye los recursos “naturales” y se institucionaliza como “propiedad.” El segundo, implica el control del sexo y de sus productos (placer y descendencia), en función de la “propiedad.” La “raza” fue incorporada en el capitalismo eurocentrado en funciòn de ambos ejes. Y el control de la autoridad se organiza para garantizar las relaciones de poder así confi guradas.
En esa perspectiva, las “clases sociales “resultantes son heterogéneas, discontinuas, conflictivas. Y están articuladas también de modo heterogéneo, discontinuo y confl ictivo. La colonialidad del poder es el eje que las articula en una estructura común de poder, como podrá ser mostrado más adelante.
En tanto que todos los elementos que concurren a la constitución de un patrón de poder son de origen, forma y carácter discontinuos, heterogéneos, contradictorios y confl ictivos en el espacio y en el tiempo, es decir cambian o pueden cambiar en cada una de esas instancias en función de sus cambiantes relaciones con cada uno de los otros, las relaciones de poder no son, no pueden ser, una suerte de nichos estructurales pre-existentes en donde las gentes son distribuídas, de los cuales asumen tales o cuales características y se comportan o deben comportarse acordemente. El modo como las gentes llegan a ocupar total o parcialmente, transitoria o establemente, un lugar y un papel respecto del control de las instancias centrales del poder, es confl ictivo. Es decir, consiste en una disputa, violenta o no, en derrotas y en victorias, en resistencias y en avances y en retrocesos. Ocurre en términos individuales y/o colectivos, con lealtades y traiciones, persistencias y deserciones. Y puesto que toda estructura de relaciones es una articulación de discontinuos, heterogéneos y confl ictivos ámbitos y dimensiones, los lugares y los papeles no necesariamente tienen o pueden tener las mismas ubicaciones y relaciones en cada ámbito de la existencia social, o en cada momento del respectivo espacio/tiempo. Esto es, las gentes pueden tener, por ejemplo, un lugar y un papel respecto del control del trabajo y otro diferente y hasta opuesto respecto del control del sexo o de la subjetividad, o en las instituciones de autoridad. Y no siempre los mismos en el curso del tiempo.
Desde ese punto de vista, la idea eurocéntrica de que las gentes que en un dado momento de un patrón de poder ocupan ciertos lugares y ejercen ciertos roles, constituyan por esos sólos factores una comunidad o un sujeto histórico, apunta en una dirección históricamente inconducente. Semejante idea sólo sería admisible si fuera posible admitir también que tales gentes ocupan lugares y cumplen papeles simétricamente consistentes entre sí en cada una de las instancias centrales del poder.
La distribución de las gentes en las relaciones de poder tiene, en consecuencia, el carácter de procesos de clasificación, des-clasificación y re-clasificación social de una población, es decir de aquella articulada dentro de un patrón societal de poder de larga duración . No se trata aquí solamente del hecho de que las gentes cambian y pueden cambiar su lugar y sus papeles en un patrón de poder, sino de que tal patrón como tal está siempre en cuestión, puesto que las gentes están disputando todo el tiempo, y los recursos, razones y necesidades de esos confl ictos nunca son los mismos en cada momento de una larga historia. En otros términos, el poder está siempre en estado de confl icto y en procesos de distribución y de redistribución. Sus períodos históricos pueden ser distinguidos, precisamente, en relación a tales procesos.

LA PRODUCCIÓN DEL SUJETO COLECTIVO

Dejo para otro trabajo el debate más detenido sobre la cuestión del “sujeto histórico” que ha sido puesto en la mesa por las corrientes postmodernistas. Por el momento creo necesario indicar, apenas, primero mi escepticismo respecto de la noción de “sujeto histórico” porque remite, quizás inevitablemente, a la herencia hegeliana no del todo “invertida” en el materialismo histórico. Esto es, a una cierta mirada teleológica de la historia y a un “sujeto” orgánico o sistémico portador del movimiento respectivo, orientado en una dirección ya determinada. Tal “sujeto” sólo puede existir, en todo caso, no como histórico, sino, bien al contrario, como metafísico.
De otro lado, sin embargo, la simple negaciòn de toda posibilidad de subjetifi cación de un conjunto de gentes, de su constitución como sujeto colectivo bajo ciertas condiciones y durante un cierto tiempo, va directamente contra la experiencia histórica, si no admite que lo que puede llamarse “sujeto,” no sólo colectivo, sino inclusive individual, está siempre constituído por elementos heterogéneos y discontinuos y que llega a ser una unidad sólo cuando esos elementos se articulan en torno de un eje específico, bajo condiciones concretas, respecto de necesidades concretas y de modo transitorio.
De una propuesta alternativa al eurocentrismo no se desprende, en consecuencia, que una población afectada en un momento y una forma del proceso de clasificación social, no llegue a tener los rasgos de un grupo real, de una comunidad y de un sujeto social. Pero tales rasgos sólo se constituyen como parte y resultado de una historia de confl ictos, de un patrón de memoria asociado a esa historia y que es percibido como una identidad y que produce una voluntad y una decisión de trenzar las heterogéneas y discontinuas experiencias particulares en una articulación subjetiva colectiva, que se constituye en un elemento de las relaciones reales materiales.
Las luchas colectivas de sectores de trabajadores, que llegan a organizarse en sindicatos, en partidos políticos; o las de identidades llamadas “nacionales” y/o ´étnicas”; de comunidades inclusive mucho más amplias que se agrupan como identidades religiosas y que son perdurables por largos plazos, son ejemplos históricos de tales procesos de subjetifi cación de amplias y heterogéneas poblaciones, que son incluso discontinuos en el tiempo y en el espacio.Y, muy notablemente, aquellas identidades que han llegado a constituirse en los últimos 500 años, precisamente, en torno de las “razas.”29
Sin embargo, no todos los procesos de subjetificación social o de constitución de sujetos colectivos, pueden ser reconocidos como procesos de clasificación societal. Y en algunos de los casos se trata restrictamente de un problema de formación de identidades, de un proceso identitario que no pone en cuestión para nada esas instancias de poder societal. Desde nuestra perspectiva, sólo los procesos de subjetifi cación cuyo sentido es el conflicto en torno de la explotación/dominación, constituye un proceso de clasificación social.
En el capitalismo mundial, son la cuestión del trabajo, de la “raza”y del “género,” las tres instancias centrales respecto de las cuales se ordenan las relaciones de explotación/dominación/confl icto. Ergo, los procesos de clasificación social consistirán, de todos modos, en procesos donde esas tres instancias se asocian o se disocian respecto del complejo explotación/ dominación/confl icto.. De las tres instancias, es el trabajo, esto es, la explotación/dominación, lo que se ubica como el ámbito central y permanente. La dominación hace posible la explotación y no se la encuentra sino muy raramente actuando por separado. Las otras instancias son, ante todo, instancias de dominación, ya que la explotación sexual, específi camente, es discontinua. Esto es, mientras que la relación de explotación/dominación entre capital-trabajo es continua, el mismo tipo de relación varón-mujer no ocurre en todos los casos, ni en todas las circunstancias, no es, pues, continua. Así mismo, en la relación entre “razas” se trata, ante todo, de dominación. En fi n, la articulación entre instancias de explotación y de dominación es heterogénea y discontinua. Y por lo mismo, la clasificación social como un proceso en el cual las tres instancias están asociadas/disociadas, tiene también, necesariamente, esas características.
Una idea, que originalmente fue propuesta con claro carácter histórico por Marx, fue posteriormente mistifi cada en el materialismo histórico: el interés de clase. En la medida en que la idea de clase se hizo reduccionista y se ahistorizó, el interés de clase en el capitalismo fue reducido a la relación entre capital y salario. Los de los demás trabajadores, fueron siempre vistos como secundarios y suceptibles de ser subordinados a los de los asalariados obreros y en particular de la llamada clase obrera industrial.30
¿Qué ocurre, sin embargo, si se asume, como es imperativo hoy, que el capitalismo articula y explota a los trabajadores bajo todas las formas de trabajo y que los mecanismos de dominación usados para ese efecto, “raza,” “género,” son usados diferenciadamente en ese heterogéneo universo de trabajadores?. En primer término, el concepto de interés de clase requiere ser también pensado en términos de su heterogeneidad histórico-estructural. En seguida, es necesario establecer, en cada momento y en cada contexto específi co, el eje común de relación de explotación/dominaciòn/confl icto entre todos los trabajadores, sometidos a todas las formas de trabajo y a todas las formas de dominación, con el capital y sus funcionarios.
Por esas razones, acerca de la clasificación social o procesos de subjetificación social frente a la explotación/dominación, la cuestión central es la determinación de las condiciones históricas específi cas respecto de las cuales es posible percibir los modos, los niveles y los límites de la asociación de las gentes implicadas en esas tres instancias (trabajo, “género” y “raza”), en un período y en un contexto específicos.
De todos modos, ningún proceso de clasificación social, de subjectificación de las gentes frente al capitalismo, podrá ser sufi cientemente seguro para reproducirse y sostenerse por el perìodo necesario para llevar a las víctimas de la exlotación/dominación capitalista a su liberación, si desde la perspectiva inmediata de las gentes concretas implicadas, esas tres instancias son percibidas y manejadas de modo separado o peor en confl icto. No por acaso, mantener, acentuar y exasperar entre los explotados/dominados la percepción de esas diferenciadas situaciones en relación al trabajo, a la “raza”y al “género,” ha sido y es un medio extremamente efi caz de los capitalistas para mantener el control del poder.La colonialidad del poder ha tenido en esta historia el papel central.

COLONIALIDAD DEL PODER YCLASIFICACIÓN SOCIAL

En la historia conocida antes del capitalismo mundal, se puede verficar que en las relaciones de poder, ciertos atributos de la especie han jugado un papel principal en la clasificación social de las gentes: sexo, edad y fuerza de trabajo son sin duda los más antiguos. Desde América, se añadió el fenotipo. El sexo y la edad son atributos biológicos diferenciales, aunque su lugar en las relaciones de explotación/dominación/confl icto está asociado a la elaboración de dichos atributos como categorías sociales. En cambio la fuerza de trabajo y el fenotipo, no son atributos biológicos diferenciales. El color de la piel, la forma y el color del cabello, de los ojos, la forma y el tamaño de la nariz, etc., no tienen ninguna consecuencia en la estructura biológica de la persona, y ciertamente menos aún en sus capacidades históricas. Y, del mismo modo, ser trabajador “manual” o “intelectual” no tiene relación con la estructura biológica. En otros términos, el papel que cada uno de esos elementos juega en la clasificación social, esto es, en la distribución del poder, no tiene nada que ver con la biología, ni con la “naturaleza.” Tal papel es el resultado de las disputas por el control de los ámbitos sociales. Por lo mismo, la “naturalización” de las categorías sociales que dan cuenta del lugar de esos elementos en el poder, es un desnudo producto histórico-social.
El hecho de que las categorías que identifi can lugares y papeles en las relaciones de poder, tengan todas la pretensión de ser simplemente nombres de fenómenos “naturales,” tengan o no alguna referencia real en la “naturaleza,” es una indicación muy efi caz de que el poder, todo poder, requiere ese mecanismo subjetivo para su reproducción. Y es interesante preguntarse porqué.
Mientras la producción social de la categoría “género” a partir del sexo, es sin duda la más antigua en la historia social, la producción de la categoría “raza” a partir del fenotipo, es relativamente reciente y su plena incorporación a la clasificación de las gentes en las relaciones de poder tiene apenas 500 años, comienza con América y la mundialización del patrón de poder capitalista.31
Las diferencias fenotípicas entre vencedores y vencidos han sido usadas como justifi cación de la producción de la categorìa “raza,” aunque se trata, ante todo, de una elaboración de las relaciones de dominación como tales. La importancia y la signifi cación de la producción de esta categorìa para el patrón mundial de poder capitalista eurocéntrico y colonial/moderno, difícilmente podría ser exagerada: la atribución de las nuevas identidades sociales resultantes y su distribución en las relaciones del poder mundial capitalista, se estableció y se reprodujo como la forma básica de la clasificación societal universal del capitalismo mundial, y como el fundamento de las nuevas identidades geo-culturales y de sus relaciones de poder en el mundo. Y, así mismo, llegó a ser el trasfondo de la producción de las nuevas relaciones intersubjetivas de dominación y de una perspectiva de conocimiento mundialmente impuesta como la única racional.
La “racialización” de las relaciones de poder entre las nuevas identidades sociales y geo-culturales, fue el sustento y la referencia legitimatoria fundamental del carácter eurocentrado del patrón de poder, material e intersubjetivo. Es decir, de su colonialidad. Se convirtió, así, en el más específi co de los elementos del patrón mundial de poder capitalista eurocentrado y colonial/moderno y pervadió cada una de las áreas de la existencia social del patrón de poder mundial, eurocentrado, colonial/moderno.
Hace falta estudiar y establecer de modo sistemático (no sistémico) las implicaciones de la colonialidad del poder en el mundo capitalista. En los límites de este texto, me restringiré a proponer un esquema de las principales cuestiones.

I. COLONIALIDAD DE LA CLASIFICACIÓN SOCIAL UNIVERSAL DEL MUNDO CAPITALISTA

(1) Lo que comenzó con América fue mundialmente impuesto. La población de todo el mundo fue clasifi cada, ante todo, en identidades “raciales” y dividida entre los dominantes/superiores “europeos” y los dominados/inferiores “no-europeos.”

(2) Las diferencias fenotípicas fueron usadas, definidas, como expresión externa de las diferencias “raciales.” En un primer período, principalmente el “color” de la piel y del cabello y la forma y el color de los ojos. Más tarde, en los siglos XIX y XX, también otros rasgos como la forma de la cara, el tamaño del cráneo, la forma y el tamaño de la nariz.

(3) El “color” de la piel fue definido como la marca “racial” diferencial más significativa, por más visible, entre los dominantes/superiores o “europeos,” de un lado, y el conjunto de los dominados/inferiores “no- europeos,” del otro lado.

(4) De ese modo, se adjudicó a los dominadores/superiores “europeos el atributo de “raza blanca” y a todos los dominados/inferiores “no-europeos,” el atributo de “razas de color.”32 La escalera de gradación entre el “blanco” de la “raza blanca” y cada uno de los otros “colores” de la piel, fue asumida como una gradación entre lo superior y lo inferior en la clasificación social “racial.”

II. COLONIALIDAD DE LA ARTICULACIÓN POLÍTICA Y GEO-CULTURAL

(1) Los territorios y las organizaciones polìticas de base territorial, colonizadas parcial o totalmente, o no colonizadas, fueron clasifi cados en el patrón eurocentrado del capitalismo colonial/moderno, precisamente, según el lugar que las “razas” y sus respectivos “colores” tenían en cada caso. Así se articuló el poder entre “Europa,” “América,” “Africa,” “Asia” y mucho más tarde “Oceanía.” Eso facilitó la “naturalización” del control eurocentrado de los territorios, de los recursos de producción en la “naturaleza.”Y cada una de esas categorìas impuestas desde el eurocentro del poder, ha terminado fi nalmente admitida hasta hoy, para la mayoría, como expresiòn de la “naturaleza” y de la geografía, no de la historia del poder en el planeta.

(2) Los grupos dominantes de las “razas” no-”blancas,” fueron sometidos a ser tributarios, es decir, intermediarios en la cadena de transferencia de valor y de riquezas de la “periferia colonial” al “eurocentro,” o asociados dependientes.

(3) Los estados-nación del centro se constituyeron teniendo como contrapartida los estados-coloniales, primero y los estados-nacional dependientes después. Como parte de esa relación, los procesos de ciudadanización, de representaciòn desigual pero real de los diversos sectores sociales, la retribución en servicios públicos de la producciòn y de la tributaciòn de los trabajadores (llamado Welfare State), no ha dejado de ser, en definitiva, privilegio del centro, porque su costo se paga en muy amplia medida por la explotación del trabajo del la periferia colonial en condiciones no democráticas y no nacionales, esto es como sobre-explotación.

(4) Debido a esas determinaciones, todas los países cuyas poblaciones son en su mayoría víctimas de relaciones “racista/etnicistas”de poder, no han logrado salir de la “periferia colonial” en la disputa por el “desarrollo.” Y los paìses que han llegado a incorporarse al “centro” o están en camino hacia allí, son aquellos cuyas sociedades o no tienen relaciones de colonialidad, porque, precisamente, no fueron colonias europeas, o de modo muy corto y muy parcial ( Japón, Taiwan, China), o donde las poblaciones colonizadas fueron en un comienzo minorìas pequeñas, como los “negros” al formarse Estados Unidos de América del Norte, o donde las poblaciones aborígenes fueron reducidas a minorías aisladas, si no exterminadas, como Estados Unidos, Canada, Australia, Nueva Zelandia.33
(5) De allí se desprende, de nuevo, que la colonialidad del poder implica, en las relaciones internacionales de poder y en las relaciones internas dentro de los países, lo que en América Latina ha sido denominada como dependencia histórico-estructural.

III. COLONIALIDAD DE LA DISTRIBUCIÓN MUNDIAL DEL TRABAJO

No menos decisiva para el capitalismo eurocentrado colonial/moderno, fue la distribución mundial de trabajo en torno de la colonialidad del poder.
El capitalismo ha organizado la explotación del trabajo en un complejo engranaje mundial, en torno del predominio de la relación capital-salario. Para muchos de los teóricos, en eso consiste todo el capitalismo. Todo lo demás es pre-capitalista y, de esa manera, externo al capital. Sin embargo, desde América sabemos que la acumulación capitalista hasta aquí no ha prescindido en momento alguno de la colonialidad del poder.34 El esquema de un mundo capitalista dualmente ordenado en “centro”y “periferia,” no es arbitrario precisamente por esa razón, aunque probablemente habría sido mejor pensar en “centro colonial” y “ periferia colonial” (en el sentido de la colonialidad y no sólo, y no tanto, del colonialismo), para evitar la secreción “naturalista,” físico-geográfi ca de la imagen.

En el “centro” (eurocentro), la forma dominante, no sólo estructuralmente, sino también, a largo plazo, demográfi camente, de la relación capitaltrabajo, fue salarial. Es decir, la relación salarial fue, principalmente, “blanca.” En la “periferia colonial,” en cambio, la relación salarial fue con el tiempo estructuralmente dominante, pero siempre minoritaria en la demografía como en todo lo demás, mientras que las más extendidas y sectorialmente dominantes fueron todas las otras formas de explotación del trabajo: esclavitud, servidumbre, producción mercantil simple, recirprocidad. Pero todas ellas estuvieron, desde la partida, articulados bajo el domino del capital y en su benefi cio.

Globalmente, la relación salarial ha sido siempre, hoy inclusive, la menos extendida geográfi ca y demográfi camente. El universo mundial del trabajo y de los trabajadores del capital fue, en cambio diverso y heterogéneo. En consecuencia, las “clases sociales” entre la poblaciòn del mundo no sólo no se redujeron al lugar de las gentes en el control del trabajo y de sus productos, sino que inclusive en ese restricto ámbito, quedaron ordenadas sobre la base principal de la colonialidad del poder.

En el Eurocentro, pensado de modo aislado y separado de la “periferia colonial,” la clasificación social apareció, inevitablemente, sólo en relación al trabajo, ya que los “europeos” no se percibìan aún como “racialmente” diferenciados, como, en cambio, no dejarían de percibirse hoy, cuando las poblaciones víctimas de la colonialidad del poder han logrado instalarse en las sedes originales de los colonizadores. Las “clases sociales” fueron, por eso, conceptualmente separadas y diferenciadas de las “razas,” y sus recíprocas relaciones fueron pensadas como externas.
Globalmente, sin embargo, como fue siempre la condición misma de existencia del capitalismo, las “clases sociales” fueron diferenciadamente distribuídas entre la poblaciòn del planeta, sobre la base de la colonialidad del poder: En el “Eurocentro”: los dominantes son Capitalistas. Los dominados son los asalariados, clases medias, campesinos independientes. En la “Periferia Colonial,” los dominantes son Capitalistas Tributarios y/o Asociados Dependientes.. Los dominados son: esclavos, siervos, pequeños productores mercantiles independientes, reciprocantes, asalariados, clases medias, campesinos. Esa clasificación social diferenciada entre el centro y la periferia colonial, ha sido el mecanismo central del engranaje de acumulación global en benefi cio del centro. De hecho, es lo que ha permitido producir, mantener y costear la lealtad de los explotados/dominados “blancos” frente a las “razas,” ante todo en la “periferia colonial,” pero también dentro del “centro,” como no ha terminado de ocurrir sobre todo en Estados Unidos.

IV. COLONIALIDAD DE LAS RELACIONES DE GÉNERO

Las relaciones entre los “géneros” fueron también ordenadas en torno de la colonalidad del poder.

(1) En todo el mundo colonial, las normas y los patrones formal-ideales de comportamiento sexual de los géneros y en consecuencia los patrones de organizaciòn familiar de los “europeos” fueron directamente fundados en la clasificación “racial”: la libertad sexual de los varones y la fi delidad de las mujeres fue, en todo el mundo eurocentrado, la contrapartida del “libre”—esto es, no pagado como en la prostitución, más antigua en la historia —acceso sexual de los varones “blancos” a las mujeres “negras”e “indias,” en América, “negras”en el Africa, y de los otros “colores”en el resto del mundo sometido.

(2) En Europa, en cambio, fue la prostitución de las mujeres la contrapartida del patrón de familia burguesa. 

(3) La unidad e integración familiar, impuestas como ejes del patrón de familia burguesa del mundo eurocentrado, fue la contrapartida de la continuada desintegración de las unidades de parentesco padres-hijos en las “razas” no-”blancas,” apropiables y distribuibles no sólo como mercancías, sino directamente como “animales. En particular, entre los esclavos “negros,” ya que sobre ellos esa forma de dominación fue más explícita, inmediata y prolongada.

(4) La característica hipocresía subyacente a las normas y valores formal-ideales de la familia burguesa, no es, desde entonces, ajena a la colonialidad del poder.

V. COLONIALIDAD DE LAS RELACIONES CULTURALES O INTERSUBJETIVAS

Ya quedaron anotadas muchas de las implicaciones mayores de la hegemonía del eurocentrismo en las relaciones culturales, intersubjetivas en general, en el mundo del capitalismo colonial/moderno.35 Aquí apenas vale apuntar lo siguiente:

(1) En todos las sociedades donde la colonización implicó la destrucción de la estructura societal, la poblaciòn colonizada fue despojada de sus saberes intelectuales y de sus medios de expresión exteriorizantes u objetivantes. Fueron reducidos a la condiciòn de gentes rurales e iletradas.

(2) En las sociedades donde la colonización no logró la total destrucción societal, las herencias intelectual y estética visual no pudieron ser destruídas. Pero fue impuesta la hegemonía de la perspectiva eurocéntrica en las relaciones intersubjetivas con los dominados.

(3) A largo plazo en todo el mundo eurocentrado se fue imponiendo la hegemonía del modo eurocéntrico de percepción y de producción de conocimiento y en una parte muy amplia de la población mundial el propio imaginario fue, demostradamente, colonizado.

(4) Last but not least, la hegemonía eurocéntrica en la cultura del mundo capitalista, ha implicado una manera mistifi cada de percepción de la realidad, lo mismo en el “centro”que en la “periferia colonial.” Pero sus efectos en la última, en el conocimiento y en la acción, han sido casi siempre históricamente conducentes a callejones sin salida. La cuestión nacional, la cuestión de la revolución, la cuestión de la democracia son sus emblemáticos ejemplos.

VI. DOMINACIÓN / EXPLOTACIÓN, COLONIALIDAD Y CORPOREIDAD

Hay una relación clara entre la explotación y la dominación: No toda dominación implica explotación. Pero ésta no es posible sin aquella. La dominación es, por lo tanto, sine qua non del poder, de todo poder. Esta es una vieja constante histórica. La producción de un imaginario mitológico es uno de sus más característicos mecanismos. La “naturalización” de las instituciones y categorías que ordenan las relaciones de poder que han sido impuestas por los vencedores/ dominadores, ha sido hasta ahora su procedimiento específi co.
En el capitalismo eurocentrado, es sobre la base de la “naturalización” de la colonialidad de poder que la cultura universal fue impregnada de mitología y de mistifi cación en la elaboración de fenómenos de la realidad. La lealtad “racial” de los “blancos” frente a las otras “razas,” ha servido como la piedra angular de la lealtad, incluso “nacional,” de los explotados y dominados “blancos” respecto de sus explotadores en todo el mundo y en primer término en el “eurocentro.”36

La “naturalización”mitológica de las categorías básicas de la explotación/dominaciòn es un instrumento de poder excepcionalmente poderoso. El ejemplo más conocido es la producción del “género” como si fuera idéntico a sexo. Muchas gentes piensan que ocurre lo mismo con “raza” respecto, sobre todo, de “color.” Pero esta es una radical confusión. Después de todo, el sexo es realmente un atributo biológico (implica procesos biológicos) y algo tiene que ver con “genero.” Pero “color” es, literalmente, un invento eurocéntrico en tanto que referencia “natural” o biológica de “raza,” ya que nada tiene que hacer con la biología. Y, encima, el “color” en la sociedad colonial/moderna no siempre ha sido el más importante de los elementos de racialización efectiva o de los proyectos de racialización, como en el caso de los “arios” respecto de los demás “blancos,” incluídos los “blancos” “judíos,” y más recientemente, en los procesos de “racialización” de las relaciones israelo-árabes. Estas son, si falta hiciera, efi cientes demostraciones históricas del carácter estrictamente mítico-social de la relación entre “color”y “raza.”37

“Raza”es una categoría cuyo origen intersubjetivo es, en ese sentido, demostrable.38 ¿ Porqué entonces ha llegado a ser tan presente en la sociedad “moderna,” tan profundamente introyectado en el imaginario mundial como si fuera realmente “natural” y material?.

Sugiero un camino de indagación: porque implica algo muy material, el “cuerpo” humano. La “corporalidad” es el nivel decisivo de las relaciones de poder. Porque el “cuerpo” mienta la “persona,” si se libera el concepto de “cuerpo” de las implicaciones mistifi catorias del antiguo “dualismo” eurocéntrico, en especial judeo-cristiano (alma-cuerpo, psiquis-cuerpo, etc.). Y eso es lo que hace posible la “naturalización” de tales relaciones sociales. En la explotación, es el “cuerpo” el que es usado y consumido en el trabajo y, en la mayor parte del mundo, en la pobreza, en el hambre, en la malnutrición, en la enfermedad. Es el “cuerpo” el implicado en el castigo, en la represión, en las torturas y en las masacres durante las luchas contra los explotadores. Pinochet es un nombre de lo que le ocurre a los explotados en su “cuerpo” cuando son derrotados en esas luchas. En las relaciones de género, se trata del “cuerpo.” En la “raza,” la referencia es al “cuerpo,” el “color” presume el “cuerpo.”

Hoy, la lucha contra la explotación/dominación implica sin duda, en primer término, la lucha por la destrucción de la colonialidad del poder, no sólo para terminar con el racismo, sino por su condición de eje articulador del patrón universal del capitalismo eurocentrado. Esa lucha es parte de la destrucción del poder capitalista, por ser hoy la trama viva de todas las formas históricas de explotación, dominación, discriminación, materiales e intersubjetivas. El lugar central de la “corporeidad” en este plano, lleva a la necesidad de pensar, de repensar, vías específi cas para su liberación, esto es, para la liberación de las gentes, individualmente y en sociedad, del poder, de todo poder. Y la experiencia histórica hasta aquí apunta a que no hay camino distinto que la socialización radical del poder para llegar a ese resultado. Eso signifi ca la devolución a las gentes mismas, de modo directo e inmediato, el control de las instancias básicas de su existencia social: trabajo, sexo, subjetividad, autoridad.
Lima, enero de 1999.

NOTAS

1. Colonialidad es un concepto diferente de, aunque vinculado a, Colonialismo. Este último se refi ere estrictamente a una estructura de dominación/explotación donde el control de la autoridad política, de los recursos de producción y del trabajo de una población determinada lo detenta otra de diferente identidad y cuyas sedes centrales están además en otra jurisdicción terriorial. Pero no siempre, ni necesariamente, implica relaciones racistas de poder. El Colonialismo es obviamente más antiguo, en tanto que la Colonialidad ha probado ser, en los últimos 500 años, más profunda y duradera que el Colonialismo. Pero sin duda fue engendrada dentro de éste y, más aún, sin él no habría podido ser impuesta en la intersubjetividad del mundo de modo tan enraizado y prolongado. Pablo Gonzáles Casanova y Rodolfo Stavenhagen (respectivamente, Internal Colonialism and National Development, en Studies in Comparative International Development, Nos. 1-4, 1965 y Clases, Colonialism and Acculturation, en Studies in Comparative International Development, No. 4-7, 1965) propusieron llamar Colonialismo Interno al poder racista/etnicista que opera dentro de un Estado-Nación. Pero eso tendría sentido sólo desde una pespectiva eurocéntrica sobre el Estado-Nación. Sobre mis propuestas acerca del concepto de colonialidad del poder remito, sobre todo, a mis textos Colonialidad y Modernidad/Racionalidad, en PERU INDIGENA, vol.13, No.29, 1991, pp.11-29. Lima, Perú; Colonialité du Pouvoir et Democratie en Amerique Latine. FUTURE ANTERIEUR: AMERIQUE LATINE, DEMOCRATIE ET EXCLUSION. L´ Harmattan, 1994, Paris, France. América Latina en la Economía Mundial. En PROBLEMAS DEL DESARROLLO, VOL. XXIV, No. 95, 1993. Instituto de Investigaciones Económicas, UNAM, México. Y con Immanuel Wallerstein: Americanity as a Concept or the Americas in the Modern World System, en International Journal of Social Sciences, No. 134, Nov. 1992, UNESCO-ERES, Paris, France.
2. La apropiación del nombre América por Estados Unidos de Norteamérica ha originado una extendida confusión que aquí obliga a recordar que originalmente el nombre correspondía exclusivamente a los dominios ibéricos en este continente, que abarcaban desde Tierra del Fuego hasta más o menos la mitad suroeste del actual territorio de los Estados Unidos.
3. Ver La Modernidad, el Capitalismo y América Latina nacen el mismo día. Entrevista al autor en ILLA, No.10, enero 1991. Lima, Perú.
4. He discutido antes esas cuestiones en Modernidad, Identidad y Utopía en América Latina, Ediciones Sociedad y Política 1988.Lima, Perú (tr. Al Inglés como “The Paradoxes of Modernity,” International Journal of Culture, Politics and Society, Vol. 3 ,No.2, 1989). Y Colonialidad y Modernidad/Racionalidad, en PERU INDIGENA, vol. 13, No. 29, 1991. Lima, Perú.
5. Europa es aquí el nombre de una metáfora, no de una zona geográfi ca y de su población. Se refi ere a todo lo que se estableció como una expresión racial/étnica/cultural de Europa, como una prolongación de ella, es decir como un carácter distintivo de la identidad no sometida a la colonialidad del poder.
6. Una crítica explícita al evolucionismo unilineal y unidireccional del eurocentrismo está ya presente, por ejemplo, en El Antimperialismo y el APRA ( escrita según su autor en 1924 aunque su primera edición es de Ercilla 1932, Santiago, Chile) de V.R. Haya de la Torre. Y la percepción de las relaciones económicas de poder en el Perú, implicada en el primero de los Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana (Lima 1928) de José Carlos Mariátegui, puede ser considerada como el embrión del concepto de heterogeneidad histórico-estructural elaborado a mediados de los años 60 (Aníbal Quijano: Notas sobre el concepto de Marginalidad Social. CEPAL 1966, Santiago, Chile).
7. De Raúl Prebisch Hacia una dinámica del desarrollo latinoamericano, México, FCE, 1963; Crítica al capitalismo periférico, en Revista de la CEPAL, 1er. Semestre, 1976; Capitalismo Periférico, crisis y transformación. México, FCE 1981. Y de Immanuel Walllerstein, The Modern World System. 3 vols, New York: Academic Press 1974-1989.
8. No entraré esta vez en la discusión de los orígenes y fuentes de ese tipo de relaciones sociales.
9. El término filosófico-social cumple aquí la función de hacer notar que el intenso proceso de renovación del debate fi losófi co tiene un sello peculiar: no se trata sólo de una prolongación del viejo debate sobre las viejas cuestiones de la metafísica eurocéntrica, sino mucho más de las cuestiones levantadas en el debate histórico-social de los últimos 200 años y en particular en la segunda mitad del siglo XX. El reconocimiento de este rasgo es importante para nosotros, no sólo y no tanto porque indica la infl uencia de las ciencias sociales sobre la fi losofía, sino ante todo porque este debate es vital para la elaboración de una racionalidad alternativa a la eurocéntrica y para la renovación de los fundamentos del conocimiento histórico-social.
10. En Roland Anrup: Totalidad Social: ¿Unidad conceptual o unicidad real ? LA REVISTA DE EXTENSION CULTURAL, No. 20, 1985, pp-5-23, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Colombia, una buena revisión de las posiciones en debate y un bien armado ataque contra el concepto de totalidad.
11. El debate sobre el problema de las clases sociales está ya muy cargado de años, aunque se hizo más intenso después de la Segunda Guerra Mundial. Una incisiva revisión es la de Dale Tomich: World of Capital/Worlds of Labor: A Global Perspective, en Reworking Class, John Hall ed., Cornell University Press, 1997. Ithaca and London. Sin embargo, probablemente fue la conocida polémica de Ellen Meiskins Wood (A Retreat from Class: A New “True” Socialism, Verso 1986, Londres) frente a Ernesto Laclau-Chantal Mouffe (Hegemony and Socialist Strategy, Verso 1985, Londres) lo que dió cuenta del momento de fl exión climática mayor de la atmósfera intelectual del llamado “marxismo occidental” respecto de la cuestión de las clases sociales. Desde entonces, se extendió rápidamente el desuso del concepto, como ha ocurrido con casi todos los problemas teóricos centrales del debate precedente. Fueron simplemente sacados del debate y las ideas y conceptos en juego entraron en desuso. Su regreso comienza, más bien rápidamente, con la crisis de hegemonía global, arrastrada por los apetitos predatorios del capital fi nanciero y el desprestigio mundial del neoliberalismo.
12. Pensamiento Unico es el nombre acuñado y reiteradamente usado por Ignacio Ramonet en las páginas de Le Monde Diplomatique, que él dirige.
13. Frank Parkin, Marxism and Class Theory. A bourgeois critique. Columbia University Press, 1979. New York, USA.
14. De Nicos Poulantzas, en especial, Pouvoir et Classes Sociales. París, 1968. De Erik Olin Wright, Class, Crisis and the State, NLB 1978 y Classes, Verso 1985. De E.P. Thompson The Making of the English Working Class, Pantheon Books, 1964, Poverty and Theory, Londres 1978. En Castellano, los ensayos reunidos bajo el título de Tradición, Revuelta y Conciencia de Clase, Ed. Crítica 1984, Barcelona.
15. Acerca del marxopositivismo ver Theodor Shanin: The Late Marx: The Russian Road. MRPress, 1984. New York. De la avasalladora infl uencia del estructuralismo francés en el materialismo histórico después de la Segunda Guerra Mundial, la obra de Althusser y de los althusserianos es una convincente y conocida demostración. Y de lo devastadora que llegó a ser entre algunos de ellos, seguramente un notorio ejemplo es la obra de Hindess, B.and Hirst, P.Q. : Pre-Capitalist Modes of Production. Routledge 1975, London.
16. Carta a Weydemeyer (Londres 5 de marzo de 1852). En Marx-Engels: Correspondencia, pp. 71-74. Editorial Problemas, 1947. Buenos Aires, Argentina.
17. No se puede pasar por alto la intrigante ausencia en Marx de casi toda mención del pensamiento saintsimoniano, en especial de la Exposition de la Doctrine, tanto mayor por el hecho de que usó todos los conceptos básicos y la terminología de esas obras: la lista de clases sociales antagónicas que encabeza el Cap. I del Manifi esto, ya está íntegra en la Exposition (amos y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos), así como clase obrera, trabajadores asalariados, proletarios. Además, no tiene que forzarse nada la Exposition para encontrar que la perspectiva entera de la relación entre clases sociales e historia y entre la explotación de la clase obrera o proletariado y la revolución para poner punto fi nal a todas las formas de explotación, están ya formuladas allí antes de reaparecer para la posteridad como las claves de la teoría revolucionaria del materialismo histórico. En ese sentido el reconocimiento por Engels ( Del Socialismo Utópico al Socialismo Científi co)de la “genial perspicacia” de Saint-Simon mientras lo ubica entre los “socialistas utópicos,”es tardío e interesado.
18. Doctrine de Saint-Simon. Exposition, Premiere Anée, 1829- Nouvelle édition publiée avec Introduction et Notes para C. Bouglé et Elie Halevy. Paris 1924, pp. 235 ss. (Conocida como la Exposition de la Doctrine, fue publicada por Bazard y Enfantin (el llamado Papa Saintsimoniano) antes de que sus frustraciones con la Iglesia Saintsimoniana los llevaran a dedicarse a las grandes construcciones y a Enfantin a montar las bases del sistema bancario francés. Acerca del pensamiento de Saint-Simon y los saintsimonianos, de Aníbal Quijano La Imagen Saintsimoniana de la Sociedad Industrial, en REVISTA DE SOCIOLOGIA, No. 1, Departamento de Sociología, Universidad de San Marcos, 1964. Lima, Perú, de donde se toma la cita. Otro texto de esa misma época en el cual ya está formulada la idea de clases sociales es L´Union Ouvrière, de Flora Tristan, la francoperuana que, después de su frustrante estadía en el Perú de comienzos del siglo XIX, se convirtió en agitadora y organizadora de los trabajadores franceses.
19. Shanin, op. cit.
20. Citado en Martin Nicolaus: Proletariat and Middle Class in Marx. En Studies on the Left, No. 7, 1967.
21. No es otro, obviamente, el sentido de la polémica obra de Lenin contra los “populistas” rusos: El desarrollo del Capitalismo en Rusia. Pero también el de algunos sociólogos de la “sociedad industrial,” en particular Ralf Dahrendorf: Class and Class Confl ict in Industrial Society, Stanford University Press, 1959.
22. La que fue durante más de medio siglo considerada como la más autoritativa de tales propuestas es la Lenin, en la conocida Una gran iniciativa, en Marx, Engels, Marxismo, p.479. Editorial Progreso, Moscu.
23. Marx, El Capital, vol. III, pg. 817. Fondo de Cultura Económica, 1966. México.
24. El Capital, vol. I, Cap. XXIV, pp. 607 ss. Fondo de Cultura Económica, 1966. México
25. Esa línea caracterizó las investigaciones y los debates científi co-sociales entre los marxistas estructuralistas franceses durante los años 70 sobre todo (entre otros, Pierre Philippe Rey, Claude Meillassoux). En Inglés, la compilación de Harold Wolpe: The Articulation of Modes of Production. Routledge and Kegan Paul, 1973, London. En América Latina, una parte de los investigadores optó por una perspectiva diferente, según la cual el capitalismo es una estructura de explotación/dominación donde se articulan todas las formas históricamente conocidas de explotación del trabajo, en torno de un eje común: las relaciones capital-salario. Es la línea seguida en mis propios trabajos, por ejemplo, desde Lo Cholo en el Confl icto Cultural Peruano, Lima 1964, en Imperialismo, Clases Sociales y Estado en el Perú, de 1973, integrado en el volumen del mismo título. Mosca Azul 1978, Lima, Perú, Naturaleza, Situación y Tendencias de la Sociedad Peruana, publicada originalmente por el Centro de Estudios Socio-Económicos (CESO), de la Universidad de Chile en 1969. Santiago, Chile. Esa es la perspectiva denominada histórico-estructural, desde mis Notas sobre el concepto de Marginalidad Social, originalmente publicadas en CEPAL, 1966, Santiago, Chile.
26. Carlos de Linneo (Carolus Linnaeus en Latín y en sueco Carl Von Linné (1707-1778), el primero en elaborar un sistema de clasificación de los organismos, botánicos en primer término, desde 1730. Ver de James L.Larson: Reason and Experience: The Representation of Natural Order in the Work of Carl Von Linné. N.Y 1971.
27. Sobre esta distinción, mi texto Lo Público y lo Privado: un Enfoque Latinoamericano. En Modernidad, Identidad Y Utopia en America Latina. Lima, 1988.
28. Esta idea tiene un curioso paralelo con la propuesta scheleriana de una relación entre la conducta individual y un reino de “valores,” de carácter ahistórico, pero “material,” es decir, “real.” En Lukacs, la “conciencia posible” tiene para la “clase” una función referencial de horizonte de orientación y de ejemplaridad, nunca plenamente logrado en la historia concreta, como en Scheler la tiene el “valor” respecto de la conducta individual. La “concienca posible” lukacsiana habita, pues, un reino tan ahistórico como los “valores” schelerianos. No por coincidencia accidental, quizás, pues Max Scheler, no obstante su fi liación fenomenológica mientras estaba afanado en esa especulación, apela también a Hegel y a Marx como referencias fundamentales en El Formalismo en la Etica y la Etica Material de los Valores (Der Formalismus in der Ethik und die materiale Wertethik, Berlin,1916). De Georgy Lukacs, Historia y Conciencia de Clase (Geschichte und Klassenwebustsein, se publicó originalmente en Berlin 1923).
29. Hay una cuestión mayor por indagar sistemáticamente en esa experiencia histórica: que los ejes de articulación que llevan a poblaciones heterogéneas y discontinuas a identifi carse diferencialmente de otras de modo muy intenso y muy prolongado, tienen carácter mítico-social: religioso, nacional, étnico, racial.
30. No es ocioso mencionar aquí que ya en el Manifi esto Comunista está explícitamente establecido que el “fantasma del comunismo” recorre Europa, no el resto del mundo y que la liberación del proletariado depende de la acción unida de “por lo menos los paìses más civilizados.” En otros términos, entonces europeos “occidentales” y “blancos.” Ver mi nota Un Fantasma recorre el Mundo, en HUESO HUMERO, No. 34 (en prensa), 1999, Lima, Perú.
31. Llevaría a otra parte discutir aquí extensa y específi camente la cuestión racial. Remito a mi estudio “Raza, Etnia, Nación: Cuestiones Abiertas,” En José Carlos Mariátegui y Europa. Amauta 1992, Lima, Perú. Y la literatura de este debate no cesa de crecer. Quizás la más útil entre las publicaciones recientes es la de Jonathan Marks, Human Biodiversity. Genes, Race and History. Aldine de Gruyter, 1995, NY, USA. Entre los menos recientes, la compilación de Raymond Mack: Race, Class, and Power, American Book Co., 1963. Ciertas almas piadosas quisieran la igualdad entre las “razas,” pero juran que éstas son realmente existentes. Así, en virtualmente todas las universidades de Estados Unidos hay cátedras sobre “Race and Ethnicity” y el servicio de Migraciones tiene una prolija clasificación “racista/ etnicista,” basada en los rasgos fenotípicos, color sobre todo, aunque el gobierno federal haya sido obligado a admitir la igualdad “racial.” Y casi todos los indígenas de otros países que estudiaron en esas universidades y pasaron por ese servicio de migraciones, regresan a sus países convertidos a la religión del “color consciousness” y proclaman la realidad de la “raza.”
32. El proceso de producción social del “color” como el signo principal de una clasificación social universal del mundo colonial/moderno y eurocentrado del capitalismo, es todavía una cuestión cuya investigaciòn histórica sistemática está por hacerse. Aquí es indispensable señalar que antes de América el “color” no se registra como clasifi cador de las gentes en las relaciones de poder. El eurocentramiento del nuevo patrón de poder no fue, sin duda, inevitable. Pero fue su establecimiento lo que dió origen, explicaciòn y sentido a la imposición de la categoría “raza”y del “color”como su marca externa, desde el siglo XVI hasta hoy.
33. Ver sobre la relación entre colonialidad y “desarrollo,” mi texto América Latina en la Economía Mundial, en PROBLEMAS DEL DESAROLLO, revista del Instituto de Investigaciones Económcias de la UNAM, Vol. XXIV, No. 95, oct-dic. 1993. México.
34. No entraré aquí en el debate, necesitado con urgencia de ser renovado, sobre las relaciones entre capital, salario y no-salario en la historia del capitalismo colonial/moderno.
35. Un debate más detenido en mi trabajo sobre Eurocentrismo y Colonialidad del Poder, de próxima publicación. Véase también mi Colonialidad y Modernidad/Racionalidad, op. cit.
36. Se trata de un fenómeno muy conocido, como lo testimonia la continuada segregación de los “negros” en las centrales sindicales dirigidas por “blancos” en EEUU. Pero no afecta sólo a los trabajadores mismos, sino, peor, a sus ideólogos y líderes políticos que se reclaman socialistas. Los más ilustrativos ejemplos son la división entre todos los “socialistas,” primero, y de los “marxistas”después, frente al “racismo” y al colonialismo en Africa y en Asia , en los siglos XIX y XX. Ver el documentado estudio de Horace Davis: Nationalism and Socialism. Monthly Review Press, 1967, NY,USA.
37. Debo a Immanuel Wallerstein el habernos recordado a propósito de la colonialidad del poder, en un reciente simposio en Binghamton University (diciembre de 1998), una frase de Jean Genet en su conocida pieza teatral Le Négre (Gallimard, 1977, Paris, Francia).
38. Entre otros Louis Dumont : Homo Hierarchicus, Gallimard 1986, Paris. Mark, Jonathan, Human Biodiversity, op. cit. Quijano, A. Raza, Etnia, Nación: Cuestiones Abiertas, citado.

Walter D. Mignolo: ESPACIOS GEOGRAFICOS Y LOCALIZACIONES EPISTEMOLOGICAS:




Walter D. Mignolo

I

Las reflexiones que siguen sobre el espacio y la localización comenzaron en un seminario que dicté en Duke University en el semestre de primavera (enero a abril) de 1996 y que tuvo una primera formulación concisa en el Congreso de Literaturas Comparadas, celebrado en Rio de Janeiro en Agosto de 1996. Sin embargo, la problemática general había comenzado mucho antes. Y esta problemática general era la ecuación entre legados coloniales y teorización poscolonial que no sólo ganaba terreno en la academia norteamericana, sino que también se escribía en inglés, sobre la experiencia paradigmática del colonialismo del "Commonwealth." En la medida en que Gayatri Spivak y Homi Bhabha se tomaron, particularmente en U.S., como "token" de la teoría poscolonial (cuestión que por cierto no inculpa a los mencionados, sino al sistema de mercantilización de los conocimientos y a la subyacente idea de desarrollo que equipara nuevas ideas con nuevos modelos de automóviles), se procesaba la reflexión poscolonial como una tendencia crítica en los estudios literarios y culturales, más que como el comienzo de un desplazamiento paradigmático importante (Mignolo 1996). El problema era aquí que, al concebirse así la reflexión crítica poscolonial, se la concebía a contramano de lo que la teorización poscolonial (a la manera de Frantz Fanon, Amilcar Cabral, Aimé Césaire, Edouard Glissant), pretendería hacer. Esto es, el proyecto de la teoría poscolonial, tal como la entendía y la entiendo, era paulatinamente consumido por el proyecto epistemológico del cual la teorización poscolonial trataría de escapar (Mignolo 1996).

Mi interés por la colonización y la teorización poscolonial (no, claro está, para decidir cuál país es poscolonial y cual no) no era, no fue, ni es la de un fiel converso que trata de convertir a otros a su doctrina, sino la de un observador de cierto escenario intelectual contemporáneo y la de un participante comprometido en la reflexión crítica sobre los legados coloniales que continúan marcando pautas en la interpretación de los fenómenos culturales, en las políticas estatales y en los conflictos internacionales. La reflexión crítica sobre el colonialismo (occidentalismo, orientalismo) no afecta sólo a los países del Tercer Mundo, sino a todo el planeta. Después de 1947, es tan poscolonial India como Inglaterra; después de 1962, tanto Algeria como Francia; despues de 1898, tanto Cuba como España. Pero, también, después de 1898, tanto Cuba como Puerto Rico entran en un nuevo tipo de relaciones coloniales que las diferencia de los otros países hispanoamericanos. El hecho de que haya todavía situaciones coloniales, no hace mella en el hecho de que podamos elaborar una reflexión crítica sobre el colonialismo tanto con miras académicas como de transformación social. Si la reflexión crítica sobre el colonialismo y los legados coloniales hoy se debe llamar poscolonialismo me importa, en realidad, poco. En cuanto a cuestión de nombres, tiendo cada vez más a hablar de posoccidentalismo, puesto que la occidentalización es la preocupación que se registra en las Américas, desde el mero bautizo de Indias Occidentales a las tierras y las aguas que conectaban a Santo Domingo con las islas Filipinas, pasando por México y Perú. Me gusta pensar que lo que en general se entiende por posoccidentalismo, posorientalismo, poscolonialismo es una formación específica del proyecto, más amplio, de reflexión crítica sobre los legados coloniales. Existen otras formaciones que no han tenido la misma suerte en el consumo, pero que son igualmente importantes para el proyecto de la crítica de los legados coloniales en vista a una continua descolonización intelectual que contribuya a cambio de proyectos educativos, a intervenciones intelectuales en la esfera pública y a contribuir en la orientación de las políticas culturales. Esas formaciones serían el posoccidentalismo, propuesto por Fernández Retamar en 1976 (Retamar 1976) posorientalismo, que tuvo su primera formulación en Edward Said (Said 1978; Mignolo, en prensa). El primero, vertido en castellano, pasó poco menos que desapercibido en la discusión intelectual internacional. El segundo, publicado en inglés y abarcando un espectro amplio de legados coloniales, desde la India al Medio Oriente, tuvo una enorme repercusión, aunque quedó marginado de la formación denominada poscolonial, quizás porque el legado colonial del Medio Oriente es más complejo que el de India, no tiene el inglés un lugar prioritario como en India, y para lidiar con esos legados coloniales es necesario remontarse más atrás del colonialismo inglés, en el momento crítico de las tensiones y los conflictos entre las tres religiones del libro (Cristianos, Judíos e Islámicos), al momento en que el imperialismo hispánico separa al Islam y lo sitúa en la exterioridad del imperio, y margina a los Judíos, como el "otro" interior (Shohat 1993).

Por cierto que cuando hablo de legados coloniales no estoy abogando por un esencialismo o autenticidad geográfica. Estoy mejor marcando las configuraciones geo-históricas tal como han sido construidas por los sucesivos diseños imperiales, no sólo hacia las áreas colonizadas sino también en la relación conflictiva con otros imperios (e.g., España con el Islam; Inglaterra con España y Francia; Francia en conflicto con Estados Unidos en América Latina, etc.). Pensar en la organicidad entre lengua, cultura y territorio sería sólo posible dentro de la epistemología colonial/moderna, que separó el espacio del tiempo, fijó las culturas a territorios y las localizó atrás en el tiempo de la ascendente historia universal de la cual la cultura europea (también fija a un territorio) era el punto de llegada y de guía para el futuro. Así la cristianización, la misión civilizadora ocuparon los proyectos coloniales europeos hasta 1945, y el desarrollismo/modernización consumista los remplazó como proyecto colonial después de 1945, liderado por Estados Unidos. Este es, pues, el problema sobre el que aquí voy a reflexionar. Los legados coloniales son variados. No sólo porque hubo muchos colonialismos e imperialismos superpuestos a ellos (1), sino porque las localizaciones geográficas donde operan los distintos colonialismos varían. Ahora bien, una vez que se consideran los legados coloniales (es decir, el imaginario colonial en el presente que mantiene contradicciones no resueltas en el pasado), nos damos cuenta que tales legados coloniales son un espacio de acumulación de furia que no se articula teóricamente, porque la teoría ha estado siempre del lado civilizador de los legados coloniales, nunca del lado de la fuerza dividida entre la civilización y la barbarie. Esa epistemología fronteriza, que quedó siempre reprimida como lo impuro y lo mixto, frente a teorías que defendían la unidad del idioma, la pureza de sangre y de la razón (no contaminada por las emociones), comienza a surgir hoy no sólo con la riqueza de la civilización incorporada a la barbarie, sino también con la furia del engaño histórico convertido en toma de conciencia.

Esta toma de conciencia se facilita cada día más por lo que se conoce como la última etapa de la globalización, en la cual comienza a hacerse problemático concebir -como se lo había hecho- la expansión colonial e imperial como expansión occidental; una expansión que era no sólo económica o religiosa, sino también educativa e intelectual. Tanto se exportaban educadores, como tecnología como teorías a las distintas partes del planeta. Pero los educadores, la tecnología y las teorías y el conocimiento fuerte y sostenible, se producían en Europa, primero y en Estados Unidos después. El conocimiento producido en las colonias o en las áreas reguladas por los diseños imperiales, si era interesante lo era como objeto de estudio que permitía comprender formas locales de vida, pero que no se consideraba parte del saber universal, producido por la humanidad. La última etapa de la globalización está haciendo posible una transformación radical de la epistemología al llamar la atención entre espacios geográficos y localizaciones epistemológicas. No, claro está, porque haya nada telúrico en el espacio geográfico que llama a un determinado tipo de reflexión (y que le permitía a Pablo Neruda imaginar que hendía la mano en lo más genital de lo terrestre), sino porque los espacios geográficos son espacios configurados por historias coloniales. Son no sólo historias locales, sino localizadas. Y a menos que se siga pensando, con René Descartes (Toulmin 1990, 5-45; Dussel 1993; 1995), que hay un sujeto universal y des-incorporado del conocimiento que piensa en ningún lugar y que lo que piensa vale tanto para los legados coloniales en Bolivia como en India, no nos queda otra posibilidad que in-corporar la producción de conocimientos que fue des-incorporada por la gestación del concepto moderno de razón y de conocimiento.

Finalmente, una nota sobre la relación entre estudios culturales, crítica a la razón imperial/occidental/colonial y formación de la razón post/imperial/occidental/colonial. Hay dos momentos en la formación de los estudios culturales, en Birminghan, que me interesa subrayar. El momento fundador que ha trazado Raymond Williams y el momento del giro de la crítica a la razón occidental que inserta Stuart Hall. Un tercer momento sería el del ingreso de los estudios culturales en U.S., para los cuales un rasgo distintivo sería la atención que presta a la cultura de masas, a las formas de consumo, formas que corresponden a lo que Hall mismo llama la nueva etapa de globalización liderada por U.S., y no ya por Inglaterra (Hall 1990a, 27). En este amplio terreno donde se mueven los estudios culturales, mi interés particular parte de lo que llamaré "el giro Stuart Hall". Ese giro se estructura con más claridad hacia 1990 (Hall 1990), aunque podrían encontrarse momentos anteriores a esa fecha para quien le interese una arquelogía del pensamiento de Hall (Morley and Chen, 1996). Los 90 son el momento en que en el pensamiento de Hall confluyen la emergencia de los estudios culturales y la crisis de las ciencias humanas (ciencias sociales y humanidades), la crítica a la razón occidental/imperial y la reflexión crítica a la globalización como un nuevo momento donde la razón occidental/imperial se rearticula a sí misma por medio de un nuevo giro de la economía capitalista que transgrede las fronteras que la razón occidental/imperial había trazado para justificar su propia expansión (Hall 1991a, 1991b). Ese momento crucial, el del "giro Stuart Hall", es el momento en que el análisis de las dos formas actuales de globalización (aquella que está ligada a estados nacionales imperiales, U.S. y aquella que transciende las fronteras nacionales, es decir, la globalización de un capitalismo sin arraigo territorial y nacional), crea las condiciones para -al decir de Hall- la emergencia de lo local: el sujeto local, de las márgenes, comienza a contar sus propias historias, a construir una memoria que había sido, o bien ignorada, o bien contada desde la razón occidental/imperial. La inversión epistemológica fundamental que marca la inserción de lo post-occidental-colonial-imperial en los estudios culturales es que las historias comienzan a contarse desde abajo hacia arriba, en vez de desde arriba hacia abajo (Hall 1990a, 35). Esta imagen invierte la imagen que los viajeros europeos solían usar para presentar su posesión epistemológica: el viajero generalmente relata el momento en que se sube a un promontorio, a un lugar elevado, desde arriba, donde la mirada absorbe y conoce (debo esta observación a Mary-Louise Pratt, Bogotá, Marzo 1996); el momento desde arriba, en el cual el montar es al mismo tiempo poseer, aunque en la desexualización epistemológica de la modernidad se haya ocultado la relación entre epistemología y sexualidad. El momento posterior a la segunda guerra mundial, es el momento en que la epistemología del promontorio comienza a desmoronarse y, al decir de Hall, aparece el momento en "que lo no hablado descubre que tiene una historia que se puede hablar, que hay otros lenguajes que los lenguajes del amo (Hall 1990a, 35)." La cuestión no es por cierto que los subalternos no pueden hablar, sino que al tomar conciencia de que los subalternos no pueden hablar, es necesariamente hablar constantemente para inscrustar la voz en la espesura hegemónica y crear las necesarias fisuras mediante la insersion de lo local, desde abajo, en lo global, desde arriba del promontorio.

II

La ecuación entre el lugar geográfico y la teoría (al igual que la producción tecnológica de conocimientos), está relacionada con la ecuación moderna entre tiempo y teoría (y producción tecnológica de conocimientos). La etapa actual de globalización está reconvirtiendo la prioridad que la modernidad puso en una progresión lineal y temporal de la historia universal, en la simultaneidad espacial de las historias locales. Si podemos distinguir entre historia universal (como progresión de la humanidad hacia la etapa mas alta de la civilización, que Hegel ejemplificaba con el corazón de Europa-Alemania, Inglaterra y Francia-), y la historia mundial como la multiplicidad de historias locales, entonces podemos afirmar que hoy -mediante el internet y la comunicación televisiva vía satélite- la historia universal no es sólo una que se cuenta desde determinados espacios geográficos y epistemológicos (por ejemplo, la lecciones de historia universal de Hegel), sino que las historias mundiales son muchas, precisamente porque sólo pueden contarse desde una encarnación local y no desde un sujeto desencarnado que observa la historia universal desde el lugar asignado a dios, fuera de la historia. Historias locales interconectadas, cuya interconección la historiografía colonial tendió a ocultar. Quizás fue recién en 1974, con la publicación de Immanuel Wallerstein sobre el sistema-mundo (Wallerstein 1974), que la posibilidad de historias locales en los lugares de intersección de las expansiones coloniales e imperiales comenzó a pensarse sistemáticamente. La distinción de centro y periferias, introducida por Wallerstein, ayudó a tomar conciencia de que las periferias son también ellas centro. No es por casualidad, para ponerlo de manera concreta, que Heidegger haya reflexionado sobre el ser y el tiempo, y no el ser y el espacio; que Proust haya escrito a la búsqueda del tiempo perdido, y no del espacio perdido; que Bergson haya reflexionado sobre la memoria y no sobre la localización. En fin, la concepción lineal del tiempo en la modernidad, ligado a la historia universal fue un instrumento de dominación colonial que redujo el resto del planeta a una anterioridad histórica en relación a Europa (Fabian 1982; Mignolo 1995) primero y a Estados Unidos después. El legado de los antiguos colonialismos justificó la ideología del desarrollo y del subdesarrollo, con todas las consecuencias que tuvo en la producción del conocimiento en América Latina: desde las teorías del desarrollo de la CEPAL hasta la teoría de la dependencia, que se opuso a ella, pasando por un marxismo dogmático que no entendió la teoría de la dependencia debido a la auto-colonización de sus pensadores, que prefirieron convertir las observaciones de Marx sobre el siglo XIX en Europa en dogmas para entender América Latina en el XX, en lugar de comenzar a pensar a partir de las historias locales (Marini 1994).
La reflexión sobre espacios geográficos y localizaciones epistemológicas es posible y es promovida por las nuevas formas de conocimiento que se están produciendo en las zonas de legados coloniales, en el conflicto fronterizo entre historias locales y diseños globales, desde América a Africa del Sur, desde América hasta Africa del Norte; desde el Pacífico en las Américas hasta el Pacífico del sur de Asia y Oceanía. En esta reflexión no se trata sólo de recoger datos, y de contar el cuento de lo que pasó y de lo que pasa. Se trata, más bien, de entender la fuerza de las epistemologías fronterizas, de aquellas formas de conocimiento que operan ENTRE los legados metropolitanos del colonialismo (diseños globales) y los legados de las zonas colonizadas (historias locales). Se trata de pensar a partir de esta situación, una nueva situación histórica que necesita de una nueva epistemología, así como lo comprendió René Descartes hacia 1630, cuando asomaba una nueva etapa en los diseños imperiales a la cual su reflexión metodológica contribuyó a implementar. La epistemología fronteriza que se anuncia para el futuro es al mismo tiempo, el desplazamiento de la epistemología de fundación cartesiana, así cómo ésta en su momento anunció el desplazamiento de una epistemología que contribuía a los diseños globales del cristianismo y del mercantilismo esclavista. Voy a detenerme en algunos casos para darle algún anclaje a las reflexiones que preceden.

III

Hacia finales de los años sesenta, el "antropologador" (como se llamaba a sí mismo) brasileño Darcy Ribeiro publicó dos libros fundamentales, O processo civilizatorio (1968) y Las Américas y la civilización (1968). Ribeiro buscaba una explicación al "desarrollo desigual de los pueblos," enmarcándolo en el vocabulario que las teorías del desarrollo y la modernización habían impuesto alrededor de 1960 (Cardoso 1972; Escobar 1995) y la encontró -por su formación antropológica- repensando el proceso civilizatorio como una variedad ramificada de procesos locales que se contraponía -en silencio- a la visión dominante impuesta por el sociólogo alemán Norbert Elías en su El proceso civilizatorio (1937). Este, en su magistral manejo de la reglas disciplinarias (un sociólogo con todas las de la ley, y no un antropologador fuera de la ley), consideraba como tal el proceso de la civilización europea a partir de 1500 hasta el momento que se escribió el libro, entre la primera y la segunda guerra mundial.

Ribeiro enmarca los procesos de encuentros conflictivos y de poder a partir de 1500 como formas de sometimiento económica y cultural: Sometidos a los mismos procedimientos de deculturación y a idénticos sistemas productivos que se organizaban de acuerdo con formas estereotipadas de dominio, todos los pueblos alcanzados se empobrecieron desde el punto de vista cultural. Cayeron así en condiciones de extrema miseria y deshumanización, que vendría ser desde entonces el denominador común del hombre extra-europeo (1969, 60). De esta manera, Ribeiro podía vincular en el emprobrecimiento cultural al empobrecimiento epistemológico: Así como Europa llevó a los pueblos abarcados por su red de dominación sus variadas técnicas e inventos (como los métodos para extraer oro o para cultivar la caña de azucar, sus ferrocarriles y telégrafos), también introdujo en ellos su carta de conceptos, preconceptos e idiosincracias referidos a sí mismos y al resto del mundo, incluidos los correspondientes a los pueblos coloniales. Estos, privados de las riquezas por siglos acumuladas del fruto de su trabajo bajo el régimen colonial sufrieron, además, la degradación de asumir como imagen propia lo que no era más que un reflejo de la visión europea del mundo que los consideraba racialmente inferiores por ser negros, indígenas, o mestizos (1969, 62). La liberación epistemológica puesta en marcha por la epistemología fronteriza consiste, precisamente, en las consecuencias de desarticular la creencia en una imagen propia que no era más que un reflejo de la manera en que el discurso colonial producía agentes subalternos. Esos agentes subalternos, asignados como bárbaros o primitivos y cuya asignación aceptaban, están transformándose en agentes que parten de la subalternidad para producir una transformación epistemológica que incida en las políticas culturales. El espacio entre la formación y transformación de conceptos es a veces difícil de transitar. Pero intentemos, al menos, comprender cuáles son las posibilidades.

Tomemos un aspecto de la recepción de O processo civilizatorio y las consecuencias que pueden derivarse de la comparación con el estudio de Elías. En la introducción a la versión inglesa del libro, la antropóloga estadounidense Betty J. Meggers, destacaba que las propuestas de Darcy Ribeiro merecían atención, entre otras razones, porque en Estados Unidos se heredó la tradición de la civilización occidental europea (palabras empleadas por Meggers), "consideradas por nosotros como una corriente principal o central de la evolución humana" (1978:20), que es precisamente la perspectiva desde la cual Norbert Elias escribió su libro El proceso civilizatorio. Como consecuencia de esa creencia, continuaba Meggers, medimos a todos los otros pueblos con nuestra vara, los consideramos carentes de algo y consideramos que el progreso es hacer a los otros pueblos semejantes a nosotros. Ribeiro, para Meggers, no es un producto de "nuestra tradición política y académica (Meggers, 1978: 20). Es un ciudadano, decía Meggers hacia principios de 1970, un ciudadano del Tercer Mundo y como tal "encara el desarrollo cultural con un prisma distinto y percibe matices que para nosotros permanecen encubiertos." (Meggers 1978:20)." Finalmente, Meggers notaba que no se trataba de autocriticar la academia americana para dar a Ribeiro una imparcialidad en la comprensión del proceso civilizatorio que la academia estadounidense había perdido. Lo que en última instancia destacaba Meggers era la legitimidad de diferentes perspectivas para entender el proceso civilizatorio, articuladas por aquellos que lo viven y lo perciben en distintas historias y epistemologías locales. Se podrían emplear las observaciones de Meggers para comprender la desconfianza que intelectuales y científicos sociales latinoamericanos y latinoamericanistas de otros países tienen hacia el trabajo de Darcy Ribeiro. Se podría decir, hay una desconfianza de la civilización disciplinada del conocimiento que se resiste a aceptar la brillantez de la teorización bárbara que incorpora la civilización. Meggers, con sus observaciones, nos brinda la oportunidad de reconocer en Elias la disciplina civilizada que reflexiona sobre el proceso civilizatorio del cual la misma sociología histórica es parte, y la disciplina indisciplinada que trata de escapar al control civilizador de las ciencias sociales y de su complicidad con los diseños imperiales.
La importancia de lo que señala Meggers se comprenderá mejor si recordamos los pre-juicios celebratorios con que Heinz Rudolf Sonntag se refiere a Ribeiro en el epílogo de la edición alemana del mismo libro. Con gran reconocimiento hacia Ribeiro, Sonntag declara que "el proceso civilizatorio" es una teoría del Tercer Mundo para el Tercer Mundo (1978: 216). En última instancia tiene razón Sonntag y, siguiendo su lógica, podemos decir que el materialismo dialéctico marxista o el psicoanálisis freudiano son teorías del Primer Mundo para el Primer Mundo. Pero entonces, ¿cómo es que las teorías del Tercer Mundo son sólo locales mientras que las teorías producidas en Europa o en Estados Unidos son exportables y de valor global? Meggers, en cambio, había entendido otra cosa: que si no hay diálogo entre conocimientos locales, hay exportación y colonización de unos conocimientos sobre otros. La exportación de conocimientos, al igual que la exportación de formas de estado, es parte del proceso de autocolonización que se describe en la cita de Ribeiro, más arriba. Tanto el proyecto de exportación que caracterizó la misión civilizadora, como el proyecto de importación de las burguesías locales, fueron resultado del pacto "de asumir como imagen propia lo que no era más que un reflejo de la visión europa del mundo." En la medida en que el mundo, desde 1500, fue distribuido entre occidentales y orientales, entre cristianos y salvajes o caníbales, entre primitivos o bárbaros y civilizados, entre habitantes del Primer o del Tercer Mundo, el espacio geográfico fue marcado también por localizaciones epistemológicas, y los conocimientos comenzaron a circular y a exportarse o a importarse, como el oro en el siglo XVI o la coca cola en el siglo XX. Pero veamos algunos casos específicos del complejo exportación/importación de conocimientos y en los procesos de colonización/autocolonización.

IV

Tomemos un caso de la historiografía hhindú conocida como "Estudios Subalternos". Dipesh Chakrabarty (1992), se planteó el problema de la localización de la disciplina historiográfica en los estudios subalternos. El planteamiento fue suscitado por una serie de discusiones previas, a nivel internacional, como parte de la discusión promovida por el impacto de los estudios subalternos. En 1990, Gyan Prakash (historiador de India, afiliado a la universidad de Princeton), publicó un artículo titulado "Writing Post-Orientalist Histories of the Third World: Perspectivas from Indian Historiography" (Prakash 1990), en el cual se preguntaba si era posible escribir historias del Tercer Mundo y si lo era cómo deberían ser escritas. Sus preguntas dejaban planteada otra: ¿es posible escribir historias del Tercer Mundo desde la perspectiva del Tercer Mundo? O, por el contrario, las historias del Tercer Mundo sólo pueden escribirse desde el Primer Mundo, es decir, desde las pautas y principios de la historiografía como práctica disciplinaria, ejercida en la producción de conocimientos SOBRE (pero no DESDE) el Tercer Mundo? Si la historiografía en Occidente fue parte y cómplice de la producción del "orientalismo" (conocimiento SOBRE el oriente) ¿será posible escribir historias "posorientalistas" del Tercer Mundo, transformando así el objeto de estudio para la disciplina historiográfica en sujeto y agencia política que reune en el conocimiento el SOBRE con el DESDE, lo conocido con la localización del conocer?

Una de las respuestas programáticas ofrecida por Prakash comienza por una reconsideración de las contribuciones de los estudios subalternos (Guha 1988)) y de las propuestas de Said (Said 1978). Guha identificó tres tipos de historiografía de India que sucedieron a la historiografía del colonialismo británico: la del nacionalismo hindú bajo control del imperialismo británico, durante el siglo XIX; la del nacionalismo posterior a la independencia de 1947; y los estudios subalternos iniciados hacia 1980. Todas ellas son manifestaciones de cómo en el Tercer Mundo los intelectuales escriben la historia. Sin embargo, el momento clave para responder a la pregunta formulada por Prakash, es la introducción por parte de Guha del concepto de "subalternidad" en la historiografía. La subalternidad se convierte así en un juego de fuerzas y relaciones sociales de dominación que incluye y supera el concepto marxista de clase. La subalternidad es un efecto de las relaciones de poder que se expresa a través de una variedad de medios: lingüísticos, sociales, económicos y culturales. La noción de subalternidad, introducida en la densidad de la experiencia colonial en India, adquiere una nueva dimensión en relación al concepto introducido por Gramsci en Europa y en la experiencia italiana de la lucha de clases. Sin embargo, los estudios subalternos han permitido corregir las limitaciones modernas del concepto de "cultura" en Gramsci y sus implicaciones para el concepto de "subalternidad" en la medida en que para Gramsci era pensable todavía el proyecto de incorporar la cultura popular a una "mentalidad moderna" (Rabasa, en prensa). La experiencia colonial permitió, en realidad, corregir los límites con los que se encuentra Gramsci, al incluir y superar las relaciones de clases y las correspondiente distinción entre Cultura y cultura popular posible de pensar en regiones que fueron agentes pero no pacientes de los procesos de colonización. Desde India, en cambio, las cosas se ven, aparentemente, de manera distinta. La fuerza de las empresas intelectuales desde el "Tercer Mundo" es la que ofrece simplemente la doble experiencia de manejarse al mismo tiempo en la epistemología de la modernidad occidental y en la diferencia de las epistemologías subalternizadas por la modernidad. Esta epistemología fronteriza, que incorpora la civilización a la barbarie a la vez que niega el concepto colonial hegemónico de civilización, es la que encuentro implícita en Darcy Ribeiro. Y es precisamente desde esta epistemología fronteriza que el dilema planteado por Chakrabarty tiene una respuesta epistemológica y política: si no es posible hacer historia del Tercer Mundo desde el Tercer Mundo porque la historia es una disciplina del Primer Mundo, es necesario no confundir la construcción de la memoria con su disciplinamiento historiográfico. El dilema de Chakrabarty es el de la historiografía que, por un lado, conserva un determinado concepto de rigor académico y, por otro, es un remedo de formas coloniales de domesticar el pasado.

Antes de continuar el argumento es útil recordar aquí una interesante superposición de categorías geo-históricas: "orientalismo," después del análisis de Said, es una construcción Europea del oriente; Tercer Mundo en cambio, es el equivalente geo-cultural de orientalismo en el momento en que Estados Unidos reemplaza a Francia, Inglaterra y Alemania en la hegemonía mundial y rearticula las áreas geográficas en relación al conocimiento. Pues bien, este tipo de problemas es el que aborda Chakrabarty. Trasladado al ámbito disciplinario este asunto podría formularse así: los estudios subalternos, ¿son una rama de la historiografía que estudia el papel de los subalternos en la historia de India, o es una historiografía subalterna, como disciplina, dependiente de la historiografía hegemónica institucionalizada en la modernidad occidental (del atlántico norte)? La respuesta de Chakrabarty es que este último es sin duda el caso. Puesto de otra manera: la historiografía es una práctica disciplinaria exportable, como la tecnología para la irrigación de los campos, que puede adaptarse -otra cosas son las consecuencias- a distintas historias locales (o partes del planeta). No obstante, la subalternidad disciplinaria es la que le da su fuerza debido, precisamente, a la posibilidad que tiene de postularse como la irrupción de la brillantez bárbara, frente al control constipatorio de las disciplinas y los agentes disciplinadores que, muchas veces, confunde rigor académico con autorrepresión. Lo cual significa que se está frente a una opción: la de sujetarse al control de la seriedad disciplinaria o la de rebelarse frente a las condiciones de conocimiento disciplinado que emplea el concepto de razón académica para gobernar lo que comienza convertirse en ingobernable, de la misma manera que el párroco invoca a Dios, en vez de la Razón, para sujetar la conducta de los pecadores. La fuerza ingobernable de la razón pos-oriental (no como antítesis del orientalismo, sino como su superación), una razón que parte de, incorpora y supera la razón moderna y corroe sus mecanismos de sujeción. En América Latina es posible plantear un problema semejante con respecto al occidentalismo y de la razón pos-occidental, teniendo en cuenta claro que el occidentalismo, por un lado, no es el reverso del orientalismo sino su condición de posibilidad y, por otro, que América Latina se construye históricamente no como Oriente sino como el margen de Occidente. Pero volvamos a la India y al orientalismo.

V

Quizás este mismo problema se pueda hacer más claro con el caso de la importación de Sigmund Freud, a Calcuta, a principios del siglo XX, estudiado por Ashis Nandy (1995). La historia, según la cuenta Nandy, es la de un tal Girindrasekhar Bose (nacido en 1886, en una familia de Bengala occidental), quien tradujo a Freud por los años 20 y creó la primera sociedad psicoanalítica no-occidental. Su padre trabajó para un amo inglés cuando joven, pero cuando Girindrasekhar nació era marajá, y se conformaba a lo que la sociedad urbana de Bengala denominaba un "gentleman." De tal modo que cuando Girindrasekhar alcanzó su edad adulta, la suya era una familia reconocida, respetada y comprometida con el estudio. Por ésta y otras razones, Girindrasekhar tenía un buen conocimiento del hindú, del sánscrito y, por cierto, del inglés. Finalmente, la familia se mudó a Calcuta lo que le permitió a Girindrasekhar entrar en la escuela de medicina y convertir la casa de su familia en el centro del psicoanálisis en India. Desarrolló también, desde temprano, un interés particular en la magia y el hipnotismo. No sólo eso, sino que llegó a publicar artículos en cuestiones de magia y empleó el hipnotismo para curar a pacientes con casos de insomnio. Estaba por los cuarenta cuando se estableció como doctor, hacia 1926-27, y se concentró en caso de desórdenes mentales.

Lo anterior, aunque una biografía simplificada, es importante para darse cuenta del contexto en el cual, quizás hacia 1918, Bose comenzó a leer a Freud en traducciones al inglés y se sorprendió de la similitud entre concepciones que él mismo había desarrollado a partir de sus lecturas y experiencias,por un lado, y las teorías de Freud, por otro. Cuando su tesis para el nuevo departamento de psicología (inaugurado en Calcuta en 1915) fue publicada (alrededor de 1920), Girindrasekhar le envió una copia a Freud. A partir de ahí inició una correspondencia con Freud que duró casi dos décadas y al poco tiempo de fundada en Inglaterra la British Psychoanalytic Society, Girindrasekhar fundó la Indian Psychoanalytic Society in Calcuta, en su propia residencia.

He contado esta breve historia, resumiendo a Nandy, para hacer más intelegibles los tres puntos siguientes:

1) El reconocimiento en India del psicoanálisis ponía a Freud en un brete, puesto que el de Bose era el reconocimiento intelectual del mundo "primitivo" al cual el psicoanálisis, como otros discursos amarrados en la idea de procesos civilizatorios y de mundos, negaba. A las zonas bárbaras, donde la misión civilizadora tenía precisamente que cumplir su misión, no les correspondía teorizar porque si teorizaban la misión se quedaba sin misión. ¿Cómo podrían pues civilizar a gente que era ya civilizada? Bose indirectamente (y quizás inconscientemente!) mostró que las formas "civilizadas" de conocimiento tenían en el concepto de civilización la autolegitimación de su propia autoridad. Después de todo, el consumo del psicoanálisis en India era parte de la trayectoria de la "misión civilizadora" de los imperios de turno a principios del siglo XX.

2) Era también una paradoja que el psicoanálisis, castigado en Europa, fuera reconocido en las colonias del imperio inglés.

3) Finalmente, y como era de esperar, el psicoanálisis no tuvo arraigo en India, por entonces, puesto que ¿cómo una teoría que trata de resolver problemas que se le crean a la conciencia moderna de sujeto (Giddens 1991), que se construye sobre los fundamentos de la Ilustración para lidiar con desórdenes mentales en la sociedad Europea de clases, a finales del XIX y del XX, podría tener arraigo en una sociedad de castas, con un fuerte anclaje en una ética basada en textos canónicos de India? Y esto es, en verdad, lo que Bosse trató de hacer: compaginar a Freud con palabras-claves de los códigos culturales milenarios en India. Es posible entender que el psicoanálisis se haya arraigado en Buenos Aires, una sociedad de inmigrantes europeos (Balan 1991, Vezzetti 1993), sin chamanes como en Venezuela o en los Andes.

El párrafo anterior permite introducir, con cierta naturalidad, la conferencia inaugural dictada por Jacques Derrida, en 1981 y en Paris, para el Encuentro Francés-Latino Americano de la Sociedad Internacional de Psicoanálisis.(2). Arriesgando sintetizar una conferencia de Derrida, se puede decir que toda ella gira en torno a dos temas superpuestos: una es la localización geográfica del psicoanálisis; la otra es la relación entre psicoanálisis y derechos humanos, lo que pone sobre la mesa la relación entre psicoanálisis y violencia en las áreas geográficas donde esto ocurre. Y como este encuentro convocaba a psicoanalistas latinoamericanos y era 1981, cuando la violencia y la violación de los derechos humanos en Argentina tocaba a distintos lugares del mundo, el cuestionamiento de la relación psicoanálisis violencia política se imponía.

Primero, pues, la relación entre psicoanálisis y geografía, o geopsicoanálisis como el mismo Derrida propone. Derrida parte de las declaraciones impresas por la propia Sociedad Internacional de Psicoanálisis, que constituyen su descripción y su fundación. Una de esas declaraciones ubica al psicoanálisis geográficamente: Las principales áreas geográficas de la Asociación se definen en este momento (Jerusalem, 1977) como América al norte de la frontera entre México y Estados Unidos; y toda la América al sur de esa frontera; y finalmente el resto del mundo (pp.141). Quién no ha leído el artículo supone bien al pensar que Derrida hace una fiesta con la expresión "el resto del mundo," pero no hay lugar aquí para comentarla. Lo que sí interesa no es sólo la distribución geográfica establecida por la Asociación, sino también dónde y dónde no el psicoanálisis asienta sus reales ("en este momento."). Sabemos, por ejemplo, que en 1977 en Argentina sí pero en México (y en la mayor parte de América Latina) no. En 1981 quizás puedan agregarse México (Pasternak y Braustein se exilaron hacia mediados de los 70), y quizás Brazil y Chile. Pero seguramente no en Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, América Central, y todas las islas del Caribe, incluidas las francesas y a pesar de la obra de Fanon. Y sabemos también que en Estados Unidos el psicoanálisis tiene un radio limitado de acción tanto geográfica como epistemológicamente, donde el desarrollo teórico y crítico, en las humanidades, supera el de la práctica psicoanalítica. Pero de todas maneras, y dejando de lado el balance empírico, lo cierto y lo importante es que las Américas, al sur y al norte del Río Grande son un lugar propicio para la instalación del psicoanálisis fuera de Europa. En cambio, el "resto del mundo" (Asia y Africa, para simplicar) no lo es, como bien lo comprobó Bosse en Calcuta en la primera mitad del siglo XX. Las Américas, contrario a Asia y a India fueron, desde 1500, el lugar de la extensión del Oeste Europeo: las Américas no se configuraron como América, sino como las Indias Occidentales y cuándo América comenzó a reemplazar el nombre originario--cuando España caía, los imperios al norte de los Pirineos subían, y América del Norte emergía--bien pronto se nombró todo un hemisferio, el hemisferio occidental. Asia y parte de Africa, en cambio, pasaron a constituir el hemisferio oriental como fundación de lo que Edward Said (Said 1978), describió y explicó como "Orientalismo."

Resulta sin duda interesante que Derrida, en el artículo citado, haga referencia a Frantz Fanon, en un párrafo donde él mismo (Derrida), se sitúa geo-culturalmente. Ubicándose, primero, con respecto al psicoanálisis del cual se considera extranjero (ni es analista por entrenamiento ni tampoco se analiza), agrega que su extranjería es doble: dada la característica geo-cultural del congreso en el cual presentó la conferencia inaugural (Congreso Francés-Latino Americano), señaló que tampoco es americano (ni del norte ni del sur), sino nacido en Africa y subrayó : „I guarantee you that I retain something of that heritage." La razón por la cual Derrida mencionó este hecho era para sostener que no hay psicoanálisis en Africa, como tampoco en Asia o en los mares del Sur. Al mencionar a Fanon Derrida lo hizo también para destacar cuan poco usual era, en los sesenta, formular la práctica psicoanalítica en relación a la dimensión política de su propia práctica. Merece la pena citar a Derrida en este punto:

„The laws, the deontology, the ethics, of psychoanalisis, as laid down or simply taken for granted by the colonial societies or by the international psychanalytic establishement were supposed to regulate practice and govern relations with state authorities on the one hand and medical authorities on the other; I say this merely in order to provide a well known and painful point of reference: Fanon; own position as a model beyond the reach of all discussion. The political geography of the world has changed since that time, and intercontinental balances of power have been subject to much turbulence; this can hardly have failed, it seems to me, to have had an impact on the political geography of psychoanalisis" (Derrida, pp. 144-145).

Antes de abordar el segundo punto discutido en la conferencia de Derrida, necesito hacer un desvío y aprovechar de las observaciones del párrafo anterior para insertar la relación entre distribución de áreas geográficas y exportación de conocimientos. El psicoanálisis (como la religión, las reglas del juego económico y los productos de consumo), además de otras prácticas disciplinarias (académicas o no, puesto que el psicoanálisis no es una práctica académica), era y todavía es exportable.(3). Quizás no convenga decir del centro a la periferia, pero sí se podría decir de su lugar de gestación en la Europa imperial de principios del XIX y del XX, hacia zonas donde las pautas de vida y de conducta, de la economía y de la ley, se habían extendido. En última instancia, el psicoanálisis -como lo señalé más arriba- que se gesta y se empieza a exportar en el contexto de la "mission civilizatrice," contribuye a extender la civilización y controlar la barbarie. En realidad se trata de ambas, de exportación y de importación. La exportación del psiconálisis ocurre en aquellos lugares, por ejemplo en Africa, donde el psicoanálisis es un puesto creado por la administración colonial y que como tal, y como lo dice Derrida, "where it has never taken off its European shoes." El otro caso es la importación, como el caso de Bose en India o como el psicoanálisis en Argentina. La diferencia entre India y Argentina es que en el primer caso, aunque fuera importación, lo fue en un régimen colonial. En el segundo, funcionó como mercadería importada por la intelectualidad de un país con poco más de cien años de lucha por la autonomía nacional, en un momento (del 1920 al 1930) en que es posible ser intelectualmente cosmopolita y en el que ya se ha asentado, en Buenos Aires, una masa de inmigrantes europeos. El psicoanálisis, en Argentina, es parte de un doble proceso de occidentalización: el de la inmigración para domesticar la barbarie (al menos en los planes oficiales), y el psicoanálisis para sujetar a la inmigración que llegada a domesticar la barbarie. En 1981 las cosas han cambiado y esa época apoya el segundo punto desarrollado por Derrida a raíz del Encuentro Francés-Latino Americano en el momento de la más radical violación de los derechos humanos en Argentina. La pregunta latente en la discusión de Derrida es ¿qué relación hay entre la importación exitosa del psicoanálisis en una sociedad donde la violencia pública llega a niveles difícil de comprender? Por cierto que la ecuación no es de lógica histórica de tal manera que la violación de los derechos humanos presupondría el arraigo del psicoanálisis y viceversa. No obstante, la pregunta latente invoca otra, curiosamente ni siquiera sugerida por Derrida: ¿qué relación hay entre la lengua y la cultura en la que se gesta el psicoanálisis y la lengua y la cultura donde arraiga y florece el nazismo? De qué manera la inversión del proyecto de la Ilustración que se manifiesta en las dos guerras y en el nazismo, da lugar a formas de barbarie producidas por el propio proceso civilizador apoyado en los principios universales de la Ilustración, del cual el mismo psicoanálisis es un resultado y una necesidad?

Pregunta inquietante, sin duda, y estrechamente ligada a la ecuación localización geográfica y producción de conocimientos. Pero lo que más nos interesa aquí no es la producción sino la subalternización de conocimientos. Y bien, retomando la distribución de áreas establecida en la Constitución de la Asociación Internacional de Psicoanálisis, de lo que se trata en última instancia en la exportación-importación de formas de conocimiento y de prácticas disciplinarias, es de la subalternización lo cual, en el área del conocimiento, supone el borroneo de las condiciones de emergencia de una práctica disciplinaria o de consumo y su adaptación o implantación en otras áreas geográficas con distintas memorias y necesidades. Me pregunto si es equivalente instalar un McDonald en México, en una casa del siglo XIX cubierta por azulejos de talavera, e instalar (por exportación o importación) el psicoanálisis en Buenos Aires. Me lo pregunto porque me parece interesante reflexionar sobre el lugar de gestación y necesidades de prácticas de consumo y de prácticas disciplinarias. Me parece obvio que no hay necesidad de McDonalds en México como aparentemente tampoco hay necesidades del psicoanálisis en Bolivia; o al menos no la hay con la misma intensidad que la hay en Buenos Aires. No obstante, una vez instalado el McDonald en México y el psicoanálisis en Argentina, se implantan también pautas, aquellas inventadas e impuestas por Freud a partir de Viena y de Lacan a partir de París. Y sin duda, con todo el respeto por el genio de Freud y de Lacan, no había necesidad ni condiciones para que el mismo nivel de genialidad inventara y desarrollara el psicoanálisis en Argelia, en Bagdag o en la Argentina de principios de siglo. Las condiciones históricas que producen a Freud y a Lacan, que inventan y desarrollan el psicoanálisis (que luego se exporta o se importa), son las condiciones históricas de los países imperiales y del corazón de Europa (Alemania-Viena, Francia, Inglaterra) en el momento álgido de la modernidad y el colonialismo. De aquí a la vinculación que subraya Derrida entre lugar de arraigo del psicoanálisis y violación de derechos humanos no hay más que un paso; y ese paso está relacionado con las vinculaciones entre psicoanálisis como mercadería exportable y la "mission civilizatrice" como estrategia de colonización.

El caso de Frantz Fanon merecía aquí un tratamiento especial. No sólo por la interpretación psicoanalítica del problema racial que desarrolla en Máscaras Blanca, Piel Negra (1952), sino también el trabajo psicoanalítico que desarrolló en la guerra de liberación de Argelia. Esta experiencia lo llevó a comprender no sólo la particular alienación de las personaes en situaciones coloniales, sino también la enorme fractura que existe entre el psicoanálisis concebido y practicado en las lenguas y la cultura de Europa occidental, por un lado, y del mundo Arabe, por el otro. Quinientos años de conflicto entre el Islam y la Cristiandad, seguida por la Ilustración y la colonización francesa (1832), le dan a la práctica psicoanalítica en Argelia, un perfil muy distinto al de Calcuta y al de Buenos Aires.

VI

Mi último punto sirve al mismo tiempo de conclusión. Todos estamos familiarizados con la arqueología de las ciencias humanas analizada por Michel Foucault en Les mots et les choses (1966), de modo que no es necesario detenernos sobre ella. Lo que sí me interesa señalar son otros aspectos, no analizados por Foucault, que tienen que ver con la complicidad entre expansión imperial, culturas académicas y prácticas disciplinarias, académicas o no. Uno de ellos, rearticulado recientemente, aunque familiar para quienes se ocupan del colonialismo, es la ratio entre espacios geográficos, lenguas y epistemología (Mignolo 1993, 1995, 1996). Esta articulación se encuentra en el informe de la Comisión Gulbenkian, convocada para proponer una reorganización de las ciencias sociales después de la desarticulación del mundo socialista, de la pérdida de eficacia de una distribución del mundo en Primero, Segundo y Tercero y en sus consecuencias para la rearticulación de las ciencias humanas (empleo ciencias humanas, siguiendo la nomenclatura francesa, que reune ciencias sociales y humanidades, en la nomenclatura estadounidense). Esta comisión, efectivamente, reunió a un grupo que representaba en su mayoría de las ciencias humanas, pero también las naturales. Los miembros, tal como figura en la publicación del informe por Stanford University Press es la siguiente: Immanuel Wallerstein, Chair (E.U.); Galestous Juma (Kenya), Evelyn Fox Keller (E.U.), Jurgen Kocka (Alemania), Dominique Lecourt (Francia), V.Y. Mudimbe (Zaire), Kinhide Mushakoji (Japón), Ilya Prigogine (Belgica), Peter J. Taylor (Inglaterra) and Michel-Rolph Trouillot (Haití). Una distribución, como se ve, geo-epistemológica puesto que cada uno de los representantes no sólo representan lugares sino disciplinas e invocan, indirectamente, la relación entre el espacio geográfico y la localización epistemológica. Pues bien, una de las constataciones sobre las que se basa el informe es la de la relación entre emergencia de las ciencias sociales, en el siglo XIX, lenguas e imperios. El panorama sería a grandes rasgos el siguiente (Wallerstein 1996): Al menos el 95 por ciento de la cultura académica (tanto en términos de investigadores como de becas y apoyos institucionales) entre 1850 a 1914, y probablemente hasta 1945, se originó en cinco países: Francia, Gran Gretaña, Alemania, Italia y los Estados Unidos. Si bien se pueden identificar, durante ese período, emergencias en otras partes, estas no llegan a igualar lo que ocurre en esos cinco países. Además, no sólo eso, sino que los investigadores se concentraron, en sus estudios, en esos países por considerarlos de mayor importancia para comprender el orden mundial. Una de las consecuencias de esta situación es que, obviamente, esos cinco países no eran el mundo; peor aún, se tenía una vaga idea de que había un mundo fuera de esos cinco países. Pero una vez que se tomó conciencia de la existencia de ese "resto" se inventaron dos disciplinas que se ocuparan de él (y aquí me aparto ligeramente de Wallerstein): una, que se venía gestando desde el siglo XVIII, fue el estudio (comparado) de las civilizaciones, cuya repartición geo-epistemológica fue "el resto" que se distinguía por sus religiones fuertes, religiones del libro en un caso (como el Islam), o religiones que se había extendido por anchas áreas geográficas (como el Budismo o el Hinduismo). Esto es, civilizaciones no-europeas distinguidas por la posesión de textos fundacionales, de carácter religioso y ético que, lamentablemente, no entraban en el paradigma secular de la modernidad y del progreso. Edward Said rebautizó el estudio de las civilizaciones y lo caracterizó ideológicamente como "Orientalismo". La segunda disciplina inventada para ocuparse del "resto" fue la antropología, que surgió en el momento en que los "salvajes" y "caníbales" de los siglos XVI y XVII fueron convertidos en "primitivos", y esta conversión acentuó la modernidad europea como la cúspide de un desarrollo temporal y lineal, y rebajó la contemporaneidad histórica del "resto" del mundo al situarla en un lugar "anterior" en el desarrollo universal de la humanidad, del cual Europa era el momento cúspide. Africa, al sur del mundo islámico, y ciertas zonas aisladas de Asia (espacios sin "civilización") se convirtieron en el lugar-objeto del conocimiento antropológico.

Pues bien, este panorama que giró en torno al control epistemológico de Europa hasta 1945, se adaptó a las nuevas circunstancias imperiales a partir de 1945 cuando el mundo se dividió en Primero, Segundo y Tercero (Pletsch 1981, Mignolo 1991, 1992, 1996, en prensa) y se inventó una tercera configuración disciplinaria que complementó a la antropología y que desplazó(en cuanto hegemonía académica) al estudio de las civilizaciones (aunque no necesariamente su dimensión ideológica, el "orientalismo"): estos nuevos invitados fueron los estudios de área (Berger 1996). En esa distribución, el lugar de la producción de conocimiento se desplazó de Europa a Estados Unidos, en forma paralela al desplazamiento del poder económico y político. Las "áreas" (a diferencia de las "civilizaciones" y del "mundo primitivo,") se definieron particularmente para el Tercer Mundo, como "áreas no-desarrolladas," "en vías de desarrollo," o "subdesarrolladas." En esta nueva repartición entre Primer y Tercer Mundo, quedó el Segundo Mundo (económica, tecnológica y científicamente desarrollado pero víctima de impureza ideológica!). Y esto es muy importante, sin duda, puesto que ya no se trata de una impureza que toca al conocimiento disciplinario, sino a la ideología social: la fuerza que tuvieron los conceptos de pureza de sangre y de raza para la definición de la "otredad" comenzaron a adquirir una nueva dimensión. Aunque la cuestión racial persistió, apareció un nuevo virus que comenzó a infestar identidades de raza, clase social, género sexual y sexualidad: la subversión comunista como nuevo enemigo mundial. Aunque se trata de conocimiento común, es importante recalcarlo aquí puesto que nos devuelve a las observaciones de Derrida sobre la violación de derechos humanos y psicoanálisis en Argentina. La "guerra sucia" no estuvo separada de la producción y distribución de conocimientos después de 1945, ni a la doble tarea que se asigna Estados Unidos de controlar la expansión del comunismo y de contribuir al desarrollo y modernización del Tercer Mundo. Los estudios de áreas configuraron la dimensión epistemológica equivalente a la tárea de los misioneros, por un lado, y a la creación de la antropología en el siglo XIX, por el otro.

Pues bien, esta historia que estoy contando necesita de un nuevo personaje, que estuvo ausente de la escena aunque implicado en el escenario que acabo de describir. Ese personaje, con varios atuendos, podría nombrarse algo así como "principios de la epistemología moderna" (de Descartes, a Kant, a la Ilustración). Tal epistemología aceptaría, básicamente, que: 1) El mundo es objetivamente conocible y tal conocimiento puede generalizarse. No se aclara, sin embargo, dónde se produce el conocimiento del mundo y hacia dónde y bajo qué condiciones podría generalizarse; 2) El mundo objetivamente conocible genera conocimiento experto (economistas, antropólogos, ingenieros, técnicos en comunicación, agrónomos, psicoanalistas, arquitectos, etc.) producen conocimientos que pueden exportarse o importarse (depende del lugar y de las condiciones bajo las que ocurre el viaje) como mercancía y ser aplicado a y en las historias locales y a las regiones (después de todo las regiones se constituyen para poder ser regidas); 3) La gestación del conocimiento experto presupone un espacio geo-histórico en el que se construye una localización epistemológica desde donde se puede exportar conocimiento, de Europa a las dos Américas y al resto del mundo (recordando la división de la Asociación Internacional de Psicoanálisis). Freud se importa desde India como conocimiento experto, que entra en conflicto con el conocimiento no-experto local, puesto que el conocimiento experto se asumía, como lo nota bien Wallerstein, en cinco países y en tres lenguas. El hhindú y el sánscrito, desde la perspectiva europea que construye la noción de conocimiento basada en unos principios epistemológicos, son lenguas de cultura, no de conocimiento disciplinario.

Esta distinción hizo que el conocimiento local, en la distribución geo-epistemológica de la que hablamos, fuera sólo conocimiento local que puede ser objeto de estudio, pero que no es sostenible puesto que es de antemano rebajado como posibilidad de conocimiento. Paradójicamente, una de las consecuencias de la globalización económica actual de un capitalismo sin fronteras, está creando las condiciones para rearticular la epistemología moderna y parcializarla en el encuentro con el conocimiento local. El encuentro entre historias locales y diseños globales, va generando una epistemología fronteriza (precisamente entre lo global y lo local) para y desde la cual ya no sea ni posible ni aconsejable llevar, por ejemplo, sistemas de irrigación a India o a Bolivia sin anular la distinción entre el conocimiento experto del ingeniero que es totalmente inexperto en las formas de cultivo de India o Bolivia, y el conocimiento experto del campesino Hindú o Boliviano que es totalmente inexperto en materia de tecnología. El punto de intersección entre historias locales y diseños globales da lugar a las epistemologías fronterizas como conocimiento crítico local (tanto en Europa como en América o Africa), debería restituir a los agentes locales el espacio para la producción de conocimiento suprimida por los mecanismos coloniales e imperiales de subalternización. Un argumento semejante se podría desarrollar con el psicoanálisis, la antropología, la sociología y, en fin, todo tipo de conocimiento académico y disciplinario que, originado en el Primer Mundo, ya no puede sostenerse como mera mercancía de exportación/importación y necesita del diálogo entre expertos en las historias locales y expertos en los diseños globales. No se trata ya de desarrollo y subdesarrollo, sino de dos tipos distintos de "desarrollos" conducentes a transformaciones sociales para cuyos logros es necesario llegar al convencimiento de que la civilización, como lo subrayó Darcy Ribeiro, es un proceso que marcha en varias direcciones, y que las culturas académicas y tecnológicas no tienen la última palabra en materia de conocimiento. La riqueza de la modernidad podrá potenciarse cuando se acepte que la modernidad es un monstruo de varias caras (occidentalismo, capitalismo, orientalismo, colonialismo) a la cual el planeta entero ha contribuido, aunque no todos hayan recibido los mismos beneficios y reconocimientos. El momento actual, de tendencia hacia los pos (occidentalismo, orientalismo, colonialismo, modernidad) puede ser tambien un momento en el que el poscapitalismo, que ya no depende de la unidireccionalidad imperial sino que está allí para quien lo agarre (por así decirlo), hace impensable la distinción entre occidente/oriente y, con ella, la desarticulación de todo el conjunto de categorías geoculturales que organizaron la distribución del poder en términos geo-epistemológicos.

BIBLIOGRAFIA

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NOTAS

1) Entiendo por „colonialismo" la etapa de expansión colonial desde 1500 hasta 1945, que incluye España, Portugal, Holanda, Inglaterra,Francia y Alemania, principalmente; y por „imperialismo" la etapa que comienza despues de la segunda guerra mundial con la hemonía de los Estados Unidos. Básicamente, el colonialismo es territorial, opera por control de territorios, en tanto que el imperialismo opera transnacionalmente y por el tecnoglobalismo de la imagen televisiva y del internet.
2) Estoy agradecido a Horacio Legras por haberme indicado este artículo de Derrida, en conección con un seminario donde habíamos discutido cuestiones de localizaciones geográficas y epistemológicas.
3) La creciente transnacionalización que hace que las mercancías fabricadas en distintas partes del mundo pidan un nuevo modelo que trascienda la relación importación/exportación basada en los estados nacionales, no deberían ocultar la vigencia todavía del otro modelo. En Japón, por ejemplo, la situación es distinta a la de América Latina y el modelo importación/exportación es menos sostenible. En América Latina, en cambio, el modelo tiene vigencia por la tensión existente entre los nacionalismos y latinoamericanismos de tipo fundamentalistas, y la tendencia al comospolitanismo y la globalización (García Canclini 1995).
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Rodrigo Montoya: "Todos tenemos derecho a ser peruanos"


Una entrevista con Rodrigo Montoya Rojas por Abelardo Sánchez León

¿Cuál sería la nueva perspectiva para abordar el tema del indigenismo, un tema antiguo en el Perú, que sin embargo ahora tiene un renacimiento?

Hay dos temas muy distintos en la pregunta. ¿A qué llamamos indigenismo? y ¿qué es lo que está pasando en este momento con los movimientos indígenas? El indigenismo comenzó en el Perú en una conferencia de Manuel González Prada en el teatro Politeama de Lima, en 1888. Había terminado la guerra con Chile, el Perú estaba hecho un desastre y él se preguntó: ¿qué pasó?, ¿por qué estamos así? La respuesta fue: porque el Perú no es un país, no tenemos ninguna unidad y porque nos dividimos entre falsos y verdaderos peruanos. Ese fue un llamado de González Prada a la conciencia de la época para pensar en qué demonio de país vivíamos. Él abrió el camino para dos corrientes indigenistas. La primera, aparentemente radical, encarnada en don Luis E. Valcárcel, el moqueguano profesor universitario en el Cusco que anunció la Tempestad en los Andes y decía que los indios estaban listos para ocupar Lima. Esa posición indigenista cusqueña sostenía: «Lima no es el Perú, el Perú es Cusco». La segunda corriente indigenista, de derecha, fue encabezada por Víctor Andrés Belaúnde. Para él la patria peruana era el fruto de dos vertientes, una española y otra de los llamados indios. El aporte español era doble: la religión católica y la lengua castellana mientras la contribución americana habría sido sólo el paisaje. Los hombres y mujeres de estas tierras, sus lenguas y culturas no contaban.

El indigenismo es una actitud y un estado de ánimo de personas no indígenas, de intelectuales, de artistas -limeños sobre todo, urbanos en general-, también en capitales de provincia que frente a la tragedia de la guerra con Chile reaccionan, piensan en el país y reconocen que los indios existen y que su contribución puede ser tomada en cuenta para la formación del país. Los indigenistas no hablan quechua, no son indios, no son indígenas, simplemente tienen una actitud a favor y defienden a los indios. El indigenismo como tal comenzó, me atrevo a sostenerlo, en 1888 y terminó con un decreto del general Velasco que cerró el Instituto Indigenista Peruano en 1969.
El estado de ánimo indigenista que floreció en los años veinte se convirtió en un proyecto institucional y estatal cuando en 1946 se formó el Instituto Indigenista Peruano, como filial del Instituto Inter Americano Indigenista con sede en México. Desde entonces hasta 1969 tuvimos en el Perú la Antropología Aplicada como corriente norteamericana para «integrar» a los llamados indios a lo que entonces como ahora se llama aún la «Sociedad Nacional». Conviene recordar que en el inconsciente colectivo de cada antropólogo y antropóloga anida un indigenista. El reto de nuestro tiempo es qué tenemos que hacer para arreglar cuentas con ese indigenismo. Es pertinente advertir que Mariátegui y Arguedas fueron considerados como indigenistas, pero ambos negaron explícitamente esa filiación: el primero por socialista y el segundo por hablar el quechua por y escribir desde dentro de la cultura quechua.

A partir de 1969 comienza la etapa de los movimientos indígenas que poco o nada tenían y tienen que ver con el indigenismo. Los dirigentes, los jóvenes indígenas amazónicos que habían pasado por las escuelas bilingües aprendieron a leer y a escribir y se dieron cuenta de que lo aprendido en las escuelas bilingües no correspondía a lo que ellos esperaban. Surgió un fenómeno nuevo: no necesitan que otros hable por ellos y crean un liderazgo propio, que es la novedad política de nuestro tiempo.
El indigenismo pasó, fue un momento en la historia. Lo que hay ahora es la emergencia de movimientos indígenas políticamente autónomos, deseosos de encontrar en el Perú un lugar adecuado, respetable, para sus pueblos.

Ya en el siglo XXI, ¿cuáles son los rasgos fundamentales que definen a una persona como indígena y no como peruano, ecuatoriano o arequipeño? ¿Quiénes serían los indígenas en el Perú?

El elemento decisivo es la auto identificación de las personas. Cuando los aguarunas dicen: «somos peruanos, pero déjennos ser aguarunas; somos parte de los indígenas de América y somos un pueblo indígena», están asumiendo una autodefinición y una identidad étnica que en el Perú no existía. El argumento central está en lo que cada uno piensa de sí mismo. Evaristo Nungkuwag fue el primer dirigente amazónico del país. El decía «yo soy aguaruna, déjenme ser aguaruna; no quiero dejar de ser peruano, pero también quiero seguir siendo aguaruna». Esta voluntad de seguir siendo o de no dejar de ser, es el rasgo decisivo de un comportamiento político nuevo. En 1963 llegó al Perú Richard Smith como voluntario del Cuerpo de Paz destacado a la selva central. Los indígenas amueshas creían que él era un «peruano», El hizo la precisión: «no soy peruano, yo soy de los Estados Unidos». Para los amueshas no había sino dos posibilidades: ser peruanos o ser amueshas. Los peruanos eran los de afuera, los extranjeros abusivos. 30 años después, las elites indígenas han llegado a la conclusión de que son parte del Perú. Ocurre lo mismo en Ecuador, Bolivia, y México, pero asumir esta identidad no los convierte en ex-indígenas como querían y siguen queriendo los defensores de un Estado, una nación, una cultura, una lengua y un dios único y verdadero. Su lucha es por conseguir una doble ciudadanía, Así como Vargas Llosa, con todo derecho, tiene las nacionalidades española y peruana, la gente amazónica se pregunta, ¿por qué no podríamos ser peruanos y seguir siendo aguarunas, wambisas, asháninkas o piros? En esta perspectiva, los indígenas definen un horizonte, tienen un proyecto político, defienden sus lenguas y reclaman una educación bilingüe intercultural que garantice la reproducción y la expansión de sus culturas. La enseñanza bilingüe comenzó en 1946 con una propuesta de los evangélicos del Instituto Lingüístico de Verano para traducir en lenguas indígenas el Nuevo Testamento y para decirles a los llamados indios que hay un nuevo modo de vida civilizado y moderno que deben adoptar. Con esta lógica civilizatoria les propusieron abandonar el mundo de la brujería y de los demonios, porque eso de creer en «dioses falsos», sería obra de Satanás. La defensa de su territorio, de su lengua, de su identidad y de su biodiversidad; es decir, la gran riqueza de la naturaleza, son las cinco grandes reivindicaciones que desde Canadá hasta el sur de Chile son defendidas por el conjunto de movimientos indígenas.

Has hablado de González Prada, de Valcárcel. Vargas Llosa se lo ha planteado en El hablador, en La utopía arcaica, pero no sé si hay una discusión, un debate intelectual hoy sobre el tema de la reivindicación de los pueblos indígenas. Y si fuese así, ¿quién es el enemigo? ¿El Estado? ¿Las clases criollas, citadinas, insensibles, alejadas?

Hay una propuesta asumida de modo coherente, sistemático, valiente, por parte de Vargas Llosa para considerar que todas las reivindicaciones indígenas forman parte de una «utopía arcaica». El escritor se sirve de un argumento infeliz: como algunos de los personajes de la obra de Arguedas son enemigos de lo moderno, por lo tanto Arguedas es enemigo de lo moderno. Este es un grave error; no se puede condenar a un autor por las ideas que sus personajes expresan. Un autor que presenta muy bien un personaje fascista no tiene por qué ser fascista.

Eso lo sabe Vargas Llosa.

Vargas Llosa es una persona sumamente inteligente, pero no por inteligente puede dejar de tener vacíos extraordinarios y contradicciones profundas en su razonamiento. Su propuesta es muy sencilla: la defensa del nacionalismo, de lo étnico, de estas grandes reivindicaciones indígenas es parte de una utopía arcaica, parte de los pre-moderno, de lo medieval, de lo antiguo que no tiene ningún sentido. Los tiempos pasaron. Ahora tenemos que asumir la modernidad y, aunque nos duela, sacrifiquemos toda forma de nacionalismo. Toda forma de identidad étnica es un sacrificio de la modernidad. La clase política que puede no haber leído a Vargas Llosa comparte con él la tesis clásica de que los indios no son parte del país, y de que hay que tratarlos con afecto y proponer su integración a la sociedad nacional. Este en el clásico paternalismo.

¿Cómo sería esa integración? ¿Viendo los rasgos?

La educación propuesta por el Instituto Indigenista Interamericano servía para que los llamados indios aprendieran el castellano, se vistieran «como nosotros», produjeran para el mercado, se beneficiaran con carreteras, postas, y fueran atendidos por médicos. Esa era la propuesta indigenista institucionalizada desde 1946 hasta 1969. Se trata de un espíritu integrador y desindianizante sostenido por intelectuales y académicos, que han formado un estado de ánimo y ofrecen las ideas con las que se piensa el llamado desarrollo de los pueblos amazónicos o andinos. Para los movimientos indígenas, el adversario principal no es Vargas Llosa, obviamente; es el Estado, la clase política que los margina, que no les da el sitio que ellos reclaman con todo derecho. Estos movimientos desarrollan una relación contradictoria con el Estado: de un lado necesitan del Estado, negocian con él; de otro lado, se oponen al Estado pero no pueden desprenderse de él. Son muy finos en sus negociaciones y consiguieron algo fundamental con el gobierno de transición. Guillermo Ñaco, a la cabeza de un movimiento indígena amazónico y con un conjunto de personas que trabajan apoyando a los movimientos indígenas, llegaron hasta el ex-presidente Valentín Paniagua para decirle: necesitamos hablar con usted. Como fruto del diálogo se formó una mesa de trabajo y hay una propuesta para la Amazonía, algo que nunca había ocurrido en la historia del Perú. La pregunta es ¿qué hará el señor Toledo? Antes, el Estado reprimía, golpeaba, tiraba las puertas. De esa práctica brotó la metáfora de los «indios invisibles». Aparecen, van a tocar la puerta de los ministerios y nadie los ve. Hoy, con su organización, los grupos indígenas se vuelven visibles. Esa visibilidad se consigue por dos caminos: por la presión interna de los interesados en ser vistos y por la contribución de personas del Estado, del mundo académico, y de algunos excepcionales medios de comunicación.

¿Y el debate, en qué puntos se sustenta, cuáles son los puntos a debatir?

-Los debates son numerosos. La realidad presenta tal contradicción que cuando las bases económicas se están transformando rotundamente, de modo paralelo en la esfera política se está produciendo la afirmación de una identidad indígena. Está en marcha un proceso de urbanización extraordinario en la Amazonía. El modo de vida y el modo de producción amazónico fueron siempre trashumantes: un pequeño segmento de linaje de 50 u 80 personas vivía temporalmente en un lugar y se iba a otro buscando animales en el monte y más peces en los ríos y quebradas. En los últimos 30 años el proceso de sedentarización es muy fuerte. Los nuevos poblados se forman alrededor de una escuela y un campo de fútbol. Con el cemento, los ladrillos y la calamina llega también la pobreza, que en la Amazonía quiere decir no tener carne ni peces para comer y volverse agricultores, comer muchos carbohidratos y perder la adecuada nutrición que tenían antes.

Hay un debate alrededor de los límites de la educación bilingüe intercultural: hasta qué punto esta educación es también una forma de desarraigar a los indios, aunque los propios amazónicos la estén defendiendo como su reivindicación propia. Otro debate que me parece central para el futuro del país gira en torno a la noción de propiedad. Para la legislación peruana los indígenas son dueños de la tierra pero no del subsuelo ni de los aires. Se trata de una tontería. Una legislación coherente, en defensa real de los movimientos indígenas y de las condiciones de vida de los indígenas, debe reconocer el derecho de participación de los pueblos indígenas en la propiedad del subsuelo y de los aires. Hablo de una participación en la explotación de los recursos de tres socios: la empresa privada, el Estado y los indígenas. Es fundamental que la propiedad de los recursos sea compartida. El canon minero o petrolero es enteramente insuficiente.

Un Estado tal como lo hemos tenido, criollo, centralista, básicamente costeño y limeño, tratando de administrar un territorio desconocido y hostil es lo que perduró hasta el gobierno de Fujimori. ¿Con qué fuerza puedes tú cambiar ese tipo de Estado? En esta época de globalización, donde el Estado comienza a perder fuerza, estos movimientos nacionales, de nacionalidades sociales, ¿pueden acabar con el desmembramiento del Perú?

Eso ha sido y todavía sigue siendo un temor entre muchos militares y diplomáticos. Recuerdo como una anécdota que hace unos diez años atrás, en un seminario, yo defendía estas ideas y un diplomático me dijo: usted está proponiendo la desaparición del Perú. Suponer que el Estado peruano se desintegre, se desmorone, y que aparezcan nuevos y pequeños Estados es la confesión de una gran ignorancia. Los pueblos amazónicos tienen 350 mil personas con 42 lenguas y etnias. Ninguno de ellos está en condiciones de reclamar y menos de ser un Estado independiente. Los indígenas sostienen explícitamente «somos peruanos, defendemos nuestra condición de peruanos, hemos estado en la guerra del Cenepa, hemos estado en primera línea. No nos digan a nosotros que no somos peruanos y que no defendemos al país. Nosotros, además de eso, queremos seguir siendo aguarunas, asháninkas, huambisas».
Se requiere de una transformación profunda de la clase política y de las estructuras del Estado. La clase política tiene que aceptar, aunque le duela y le salga luces de la tripas, que el Perú no es Lima, que se acabó esa vieja forma de considerar que el Perú era solamente Lima. Las voces interiores tienen que ser oídas, recogidas. Que cada pueblo indígena conquiste el espacio que le corresponde. Los amazónicos lo están logrando. También en el mundo académico hay una transformación.

Me decías que había los verdaderos y los falsos peruanos. Me arriesgo a decir que la peruanidad está en todas las sangres. ¿Qué piensas tú de esta frase de Arguedas? Hoy que va desde criollo, mestizo, cholo, indígena, gringo, afroperuano, nisei. En ese mosaico, ¿dónde entra lo indígena con una voz fuerte, importante entre todas?

«Todas las sangres» es una metáfora en la que Arguedas trató de sintetizar la imagen que tenía del Perú como una gran diversidad, como una gran riqueza y como un gran conjunto de patrias. En el lenguaje literario de Arguedas, patria quiere decir pueblo, lengua, cultura, y que en este país los hombres podemos vivir muchas patrias siempre y cuando no estemos «engrilletados». Todas las sangres es el reconocimiento de que tenemos derecho a ser peruanos, que no hay exclusión para nadie. Todos nacimos en este lugar y todos tenemos derecho a ser peruanos. Se trata de una tesis viejísima. Ese es el contenido de la metáfora. La congresista Anel Townsend dice que el actual gabinete ministerial es de todas las sangres. Lo que está pasando en el Perú es un proceso dramático de devaluar las palabras, devaluar las metáforas, quitarles el contenido que tienen para que al final no sirvan para nada. La metáfora preciosa de Arguedas ahora está, en mi opinión, a punto de ser devaluada. Todas las sangres quiere decir pueblos indígenas, pueblos distintos, riqueza del país para que todos tengan su sitio, su poder. Gobernar quiere decir ejercer el poder. Un gobierno de todas las sangres significaría que los pueblos diferentes que hay en el país tengan una cuota de poder. Sostener que el actual gabinete es de todas las sangres significa no haber entendido nada de la metáfora arguediana e ignorar la cuestión del poder. Lo que abunda es el uso de lo étnico, de todos los símbolos, para obtener una victoria electoral y una inconsecuencia monumental para olvidarlos después de la victoria.
Hay una especie de esquizofrenia, donde todo lo cultural, la música, la mitificación del cholo, del indio terco, son elementos fantásticos para ganar las elecciones. Obtenida la victoria, nada de lo anterior cuenta y simplemente se vuelve a las fórmulas clásicas de la economía liberal porque no ha cambiado nada. En 90 días de gobierno no hay una sola medida de transformación profunda de la sociedad. Creo que Toledo es un prisionero. Para decirlo de otra forma, Paniagua le ha construido una cárcel extraordinaria y no sabe cómo salir de ella.

¿En qué sentido?

Sabiendo Paniagua que tenía ocho meses reunió un equipo de gente capaz y juntos tomaron medidas importantes para un gobierno de transición con nuevos horizontes. Hasta hoy, Toledo no ha abierto ninguno.
¿Cuál sería la diferencia entre Paniagua y Toledo? Uno es cusqueño y el otro ancashino; pero uno no hace mención de ello y el otro vive mencionándolo siempre.

Para ganar las elecciones Toledo ha tenido la astucia de recurrir a sus rasgos biológicos, a su condición de cholo y de «indio terco». Toledo es una mezcla de funcionario internacional de un banco con un cholo nacido en un pueblo de los Andes peruanos. Ha combinado las dos cosas y se sirve de una y otra parte de su ser en cada uno de los mundos en los que vive, sin que esos mundos se mezclen. El Toledo funcionario del banco no tiene nada que hacer con el Toledo lustrabotas, y el Toledo cantor de huaynos no tiene nada que hacer a la hora de tomar decisiones que sólo favorecen al sistema capitalista. Toledo es las dos cosas y lo que no tiene es un mínimo de coherencia.

¿Cuál sería la diferencia hoy entre el mundo andino y el mundo amazónico?

En el caso andino, los problemas son múltiples por muchas razones. Voy a intentar ofrecer un panorama rápido. Primero, el mundo quechua es complejo, diverso, incomparable con los pequeños grupos amazónicos. La lengua quechua se habla en siete países, tiene 18 variaciones dialectales -8 de las cuales están en el Perú-, abarca un espacio geográfico de más de 4 mil kilómetros. Los quechuas de los extremos no se entienden entre sí porque las variaciones dialectales son suficientemente grandes, además de las distancias. Entre los quichuas del Ecuador y los quechuas del norte argentino no queda vínculo alguno luego de la destrucción del Estado Inca. Segundo, la lengua quechua es hablada por pueblos distintos con rivalidades étnicas que se expresan también en términos míticos. Chankas contra cusqueños, Kollas contra cusqueños, Kolla Ri contra Inka Ri, por ejemplo. Tercero, el Perú fue la capital del virreinato y, como tal, el peso de la opresión fue muchísimo más grande aquí que en los extremos. Ese peso fue tan fuerte que no permitió que surgiese un sentimiento de independencia, de autonomía. Lima se fundó como capital del virreinato y como capital del Perú, en contra de todas las provincias. Criollos contra indios. Esta rivalidad es, pues, histórica, profunda y más importante de lo que parece. Cuando se camina por las calles de La Paz, de Quito, es fácil observar cuán andinos son esos países y, en contraste, cuán lejos está Lima del resto del país.

¿Tú dirías, así, que son los criollos los malos de la película?

Esa es una división anterior. Cuidado con el grave riesgo de creer que el tiempo no pasó y que estamos como en la época de las dos repúblicas. No, las cosas son mucho más complicadas. La naturaleza del conflicto es tan profunda que en los niveles de conciencia que tenemos de la realidad nos guiamos con imágenes que pertenecen a un tiempo ya pasado, y tardamos mucho en asumir los términos más o menos adecuados a la etapa que estamos viviendo. Seguimos influidos por esta herencia colonial de reducir todo a: Lima es el Perú, Lima no es el Perú. Sin matices. Este espíritu persiste aún entre mucha gente que no se adecúa a los tiempos.
Volviendo a la complejidad del mundo quechua es preciso señalar que en Quito el movimiento indígena es amazónico y andino, y que los andinos tienen ahora la dirección del movimiento. Ha habido otro elemento importante: la izquierda marxista leninista en el Perú fue muy fuerte y en el Ecuador muy débil. Uno de mis amigos indígenas del Ecuador me decía: «aquí felizmente no tuvimos esos izquierdistas tan radicales y ciegos que ustedes tuvieron». Se refiere a una izquierda que no quiso mirar ni entender el componente indígena y que se limitaba a ver en la realidad una simple confrontación entre explotados y explotadores.

Una defensa de lo específico, de la territorialidad, de lo étnico, ¿podría derivar en algún tipo de peligro como los talibanes, por ejemplo, que es una especie de especificidad dentro del mundo islámico?

Felizmente no, porque estos movimientos indígenas no tienen un componente religioso, no están hablando en nombre de Dios, no se están armando para defender la palabra de ningún Dios. Al contrario, es el movimiento anti-indígena el que está armado del factor Dios. Militares, diplomáticos, empresarios y el 99 por ciento de la clase política son católicos, apostólicos, romanos, limeños, arequipeños y etc. etc. Algunos de ellos y ellas dicen que ven y hablan con sus vírgenes favoritas. En momentos de grave tensión, recurren a una urgente ayudita del Señor de los Milagros con una procesión extra, fuera del calendario habitual, y la vieja opción totalitaria y colonial: con Dios o con el diablo. Los intelectuales indígenas están elaborando una propuesta distinta sobre su espiritualidad. Se trata de su relación con la naturaleza pensada en términos sencillos y prácticos. Agradecen a la madre tierra porque nos da de comer. Es indiscutible que sin la tierra no comeríamos y no existiríamos. Por el contrario, es enteramente discutible que comamos gracias a la bondad de uno de los tantos dioses, de un santo o de una santa.

Fuente: DESCO
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