viernes, setiembre 01, 2006

Dos más por el quechua de la península.




Walter Paz Quispe Santos .

Un profesor de la universidad muy preocupado por las oleadas de inmigrantes me preguntó si había traído consigo algunos libros de mi país acerca de la lingüística quechua. Su interés por conocer parte de las lenguas andinas era porque Cataluña estos años presentaba un nuevo panorama lingüístico debido a la llegada de ecuatorianos y bolivianos que no sólo traían “mano de obra barata” sino que también venían cargados de su cultura y lengua. El quechua hoy poco a poco empieza a ubicarse como la tercera lengua más importante en el mediterráneo (fenómeno similar ocurre también en Madrid y otras ciudades españolas) y la preocupación de mi profesor era sin duda científica. Había que estudiar el quechua, porque a pesar de que las políticas lingüísticas de la generalitat y el nuevo estatut catalán exigían la comunicación preferente en catalán en el mundo laboral, era imposible controlar que inmigrantes procedentes de las comunidades campesinas de los andes bolivianos y ecuatorianos se comuniquen secretamente y a hurtadillas en su lengua materna. Cuando lo hacían en castellano o catalán, el quechua siempre se habría a codazos y se presentaba inmarcesible en la sintaxis o la pragmática de las lenguas románicas. Por lo tanto, existía una preocupación académica por conocer el quechua, y tener mejores certezas sobre su contacto con el defendido y difundido catalán.

Me sorprendió la iniciativa de estudiarlo y comprenderlo, no sólo sentí orgullo sino mucha emoción por las pretensiones de mi profesor de familiarizarse con el quechua y comparaba en mi memoria esa actitud con la de otros políticos, periodistas, profesores y demás ciudadanos de mi país que renegaban de la interculturalidad y querían verlo hispanizado con el quechua asesinado a tiros de deslealtad e ignorancia. En esos momentos no sólo pensé con tristeza en la vergüenza que sentía Paulina Arpasi por comunicarse en aimara sino también en los hechos ejemplares protagonizados por dos congresistas quechuas como Maria Sumire e Hilaria Supa que exigían como signo de respeto a las culturas andinas ser escuchadas y comprendidas en la lengua quechua, una de las mayores desde tiempos precolombinos. Y claro, la desfachatez y tozudez con que respondieron muchos congresistas mostró una vez más que el congreso no es el país. El congreso sólo es la voz de unos cuantos estigmatizados blancos y racistas desubicados que viven a espaldas de los intereses y necesidades de una mayoría de peruanos.

A los inmigrantes en general es raro encontrarlos todos los días en las plazas, parques o calles de la ciudad, porque trabajan de lunes a viernes desde tempranas horas de la mañana hasta altas horas de la noche. Sólo se les puede ver los sábados y domingos; y por supuesto, aprovechando al máximo el valioso tiempo de descanso. Platicar con ellos siempre es estimulante y cada vez que uno los aborda se entera de lo difícil que ha sido llegar a España y lo mucho que cuesta superar la angustia y los terribles recuerdos de la tierra natal. Muchos optan por buscar espacios de reencuentro donde expresar su cultura y conversar fluidamente en una lengua andina. Descubrir para mí esos espacios me fue un tanto difícil porque solo logré encontrarlos después de un año. Y fue de manera casual como voy a contarlo. Uno de esos tantos domingos que busqué nuevas rutas a mi solitaria caminata de siempre, salí temprano con un trote suave por lugares que antes parecían vedados a mis pasos: las orillas del río “besos del mar”, a cuyas riberas los catalanes le han llamado “ronda litoral”. Con un reproductor MP3 en los oídos escuchando las canciones de la Estudiantina Acora había recorrido como unos tres kilómetros pensando tal vez en las musarañas, cuando de pronto desde la lejanía avisté unos puntos que se agitaban en el horizonte, y al aproximarme gradualmente se iban convirtiendo en una multitud de gentes. Pero al detenerme a unos doscientos metros y al apagar el reproductor que traía consigo escuché un huayño boliviano disparado por unos altavoces. Muy contrariado por lo inusual del acontecimiento dudé del lugar donde me encontraba, si en realidad estaba en Barcelona o en Bolivia. Una alegría poco común apagó mi nostalgia. Al acercarme espaciosamente pude comprobar que todos tenían mis rasgos, eran “de color” –como llaman los españoles a los de piel tostada- como yo y disfrutaban del día al puro estilo andino. Unos bebían cerveza y charlaban en quechua, otros lo hacían en aimara, otros lo hacían en un castellano andino. Otros bailaban huayños bolivianos y peruanos hasta el cansancio, la fiesta organizada no se por que inmigrante transgresor de las normas y costumbres españolas era un verdadero regalo para mí que estaba cansado de las solemnes clases universitarias, el silencio de las bibliotecas y las solitarias caminatas dominicales.

Muchos eran indocumentados “sin papeles” y estaban felices. Ese día conversé como nunca en aimara sobre todo con los paceños, otro tanto con mi castellano andino. Me sustraje del español de la península lleno de “vales” “coños” “ostias” ostras” “joder tío” y me introduje en el mío y el de los bolivianos con su voceo de siempre y el muy empleado “che” con los cochabambinos y potosinos, y bailé encantado las cuecas y huayños andinos. Y comí bastante comenzando por el fricasé, el chicharrón, el asado, y habían muchos platos andinos pero faltaba estomago para tanto potaje. Era una verdadera feria y fiesta de bolivianos matizada por algunos peruanos de Chimbote, Piura, Huancayo a quienes les reclamé paisanaje y claro me respondieron con la misma costumbre quechua de siempre “un par” y luego les correspondí como es usual con la mía que es aimara “otro par”. Eran los andes extrapolados y representados en Europa.

Luego pude comprobar que ese no era el único espacio de reencuentro donde se revitalizaba la cultura y la lengua andina, sino que había muchos en toda Cataluña. Después de varios domingos de asistir como a misa por dicho lugar abierto llena de aire fresco y alegría popular me encontré con muchos españoles que curioseaban por esos lugares sino es con envidia con cierto contagio por semejante desborde andino, me comentaron que nunca habían visto un espectáculo en toda España ni en las costumbres andaluzas, catalanas, gallegas, vascuences, ni en el sur ni en el norte.

No todos los ríos conducen a una fiesta. Pero el río “Besos de Mar” desde el mediterráneo de Badalona hasta Santa Coloma, te conduce directamente a una fiesta donde puedes bailar huayños y pedir dos más en un quechua de la península

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